Número 26, Domingo 24 de febrero de 2019. Sección Columnas

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La aurifagia de los conquistadores


por Fernando Limeres Novoa *

 

El análisis se centra en la producción de significados del signo “oro” en “Décadas del Nuevo Mundo” de Pedro Mártir de Anglería. Desde la decolonialidad y el análisis de discurso. El texto es un compendio ya que narra diversos viajes de exploración a América durante  finales del siglo XV hasta mediados del siglo XVI. El carácter cortesano del autor, humanista en la corte de los reyes católicos y Carlos V lo hizo receptor privilegiado de las narraciones de los primeros navegantes que arribaron a América: Colón, Vasco Nuñez de Balboa, Cortés y otros.  Por lo que constituye una fuente primaria de valor excepcional. Esto en dos planos: primero en lo que narra; segundo, en los modos que caracterizan su narración. El contenido del texto tan diverso presenta a la lectura la ambición áurea como el elemento organizador de todos los relatos. Pero además, desde la perspectiva histórica el oro representa la primera vinculación que se establece entre los conquistadores y los americanos, por ende expresa la imposición de una relación colonial, es decir, una relación  económica de beneficio unidireccional. Asimismo, evidencia la modificación de la mentalidad teocéntrica medieval y el advenimiento de una concepción capitalista para la que la especulación, la acumulación de capital y la reinversión de la ganancia no solo no contradicen la ley divina sino que forman parte de la cotidianeidad de los hombres del siglo XV y XVI, con independencia del estamento social al que correspondan. También  expresa el carácter auricéntrico de ese humanismo que reducirá la Oratio de hominis dignitate de Pico della Mirándola a papel mojado. Pero en primer lugar, la narración de Mártir nos interpela en el presente: para asumir  en el siglo XXI la prolongación del legado colonial que en las postrimerías del siglo XV tiene su génesis; además para constatar que América continua funcionando como un reservorio de prodigalidad infinita cuyos productos se cotizan en el mercado mundial a precio de saldo. Así el mito de la feracidad hiperbólica del continente surge de estos primeros relatos al confrontar los europeos la escala mayúscula de la naturaleza americana en comparación con la modestia de la europea. El texto nos interpela porque los ciudadanos  americanos  como otrora los caribes que se encontró Colón en La Española siguen sin  ser sujetos de pleno derecho bajo un sistema social excluyente y por tanto, carecen de control sobre su patrimonio natural que nunca consigue colmar la voracidad de las multinacionales.

Pedro Mártir de Anglería (1427-526) constituye uno de los más relevantes cronistas de la conquista. Personalidad renacentista, esto es, múltiple: humanista, cortesano, político, diplomático, cronista. Escribe literatura testimonial, literatura filoimperial, literatura referida que convierte la oralidad en escritura; en la que el referente, América, en su mismidad no es examinada, esto es, no existe sino en tanto se subordina en el texto a las finalidades exógenas que el imperio español pergeña. Aun cuando sus esbirros van a tientas: afiebrados, famélicos, confusos y vesánicos por entre selvas, montañas, valles y pantanos; a merced de la naturaleza que intenta por hambre, tempestades y dardos envenenados sacárselos de encima cual perro con sus pulgas. Desde Numancia, se testimonia la tenacidad íbera. Solo que a partir del XV, ya habrán olvidado su pasado de dominados para trocarlo en presente de dominación. De manera que, en términos de representación textual no es un mundo, aunque el título de la obra lo declare; pues “Orbe novo”, antes que nada, “mundo”  es una convención transcripta,  un mundo textual que se pretende mimético pero organizado y construido al gusto del renacimiento europeo; una extrapolación de lo visto y narrado por otros, una articulación de muchas voces que al final se subsumen en una. Asimismo, la novedad de este mundo contado y reescrito radica en su diferencia pero la diferencia significa muchas cosas: su carácter estrafalario, extraordinario, anormativo que interpela  la ciencia  renacentista, esto es, pone a prueba el saber renacentista de la naturaleza y presenta paradojas que la iglesia y el imperio se encargarán de reducir a su propia lógica. En este aspecto, este mundo no es sino un satélite; un remedo de aquel otro que  asculta su geografía, su fauna y flora, su climatología, su hombres y mujeres sino otro fin que conquistarlo. Porque si este mundo se expresa bajo la conceptualización de novedad; lo inaudito hasta el siglo XV cede pronto al conocer la naturaleza del vínculo entre indígenas y españoles, y se colige la proximidad de su destino colonial, esto es,  convertirse en una fuente de recursos, en particular: el oro y de trabajo esclavo realizado por  autóctonos. 

El mundo no volverá a ser el mismo desde que la novedad colombina se esparció veloz por todo el continente. Ni la rendición de Constantinopla en 1453, ni el apoderamiento de Granada por los monarcas católicos en 1492, unciendo el orgullo nazarí a su yugo, confirmación de que la providencia por fin se ponía de su lado, produjeron una agitación semejante.

En efecto, todo cambió: cosmología, conciencias, de feudal a imperial eurocentrada, la política internacional, las rutas comerciales, la alimentación y la gastronomía, la navegación, la cartografía, la economía, la lengua, cuyo léxico hubo de incluir una míriada de americanismos para nombrar las novedades de una realidad inverosímil que reducía el imaginario de las novelas de caballería de Garcí Rodríguez de Montalvo a puerilidades. En verdad, todo fue trasmutado de un modo casi taumatúrgico, como una operación alquímica realizada por Paracelso en la que el oro y no la piedra filosofal asumirán preeminencia en una cosmovisión que se va secularizando y cuya percepción del mundo se cuantifica. No cesará de cuantificarse en discursos en los que hasta las leyendas se preñan de la monomanía burguesa de la cantidad. Véase sino, El Dorado.   Pero sobre todo, si de mentar los cambios se trata, la que se modificó fue la vida de las diversas etnias de esa América que los europeos comenzaban a explorar; casi a tientas, con avances y retrocesos.

Desde Mesoamérica hasta la estepa patagónica, la vida ya no volvería a ser igual. Porque la transformación en ciernes implicaba un extravío irreparable: la libertad. Inexorables serían los tributos, los requerimientos de oro, la inquisición, las encomiendas, la mita. Inexorables, también, las insurgencias, la huida o la migración en procura de la tierra sin mal, como los guaraníes, atestiguado por los cronistas del siglo XVI. Quienes partieron de la región amazónica hasta la litoral; siguiendo una derrotero norte-sur hasta el trópico de Capricornio. Además, todo el orbe se dividirá en dos: centro y periferia; metrópolis y colonias. La periferia, alienada de sí misma, aculturada se convertirá en periferia colonial. Según Halperín Donghi: “Este sistema colonial tan capaz de sobrevivir a sus debilidades tenía -se ha señalado ya- el fin principal de obtener la mayor cantidad posible de metálico  con el menor desembolso de recursos metropolitanos.”

Pedro Mártir de Anglería es un humanista cortesano, aun cuando el sintagma anterior formalice  términos antinómicos.  Redactó su obra: “Decadas del Nuevo Mundo” entre 1494 y 1526.     Por otra parte, la narración de Anglería no supone una demostratio ad oculos, esto es,  no es un relato testimonial en primera persona, más bien constituye una relaboración de los testimionios de los conquistadores, con los que él mismo dialogaba en la corte de los reyes católicos, de Juana la loca y la de Carlos V. Entre los que destacan Cristóbal Colón, Alonso de Ojeda, Pedrarias Davila Américo Vespucio, Fernando de Magallanes y Hernán Cortés. Por lo que supone un testimonio casi inmediato sobre las vicisitudes europeas en América y donde además, a nivel textual van a configurarse los primeros tópicos sobre el nuevo continente; como por ejemplo, el de su feracidad.

El texto en su conjunto revela ambición enciclopédica; una suerte de Historia natural al modo de Plinio; ya que se presenta, por ejemplo, la ecosfera americana pero  cuyo marco diegético está constituido en cada episodio por la narración de las travesías de Colón, Pedro Nuñez, Cortés o Pedrarias Davila. En este sentido, si la literatura occidental se inicia con la narración del viaje de Ulises; las Décadas de Anglería prosiguen esa tradición sin la teleología estética de Homero pero con protagonistas no menos taimados que el hijo de Laertes. En este aspecto, su heterogeneidad temática y narrativa contiene un eje que las vertebra, pero también un punto axial que cataliza la historia; este es la búsqueda incesante de oro;  casi al mismo nivel que la procura alimenticia. En este aspecto, no existió leyenda ni existe leyenda negra fuera de la misma formalizada en las propias fuentes primarias como el texto del historiador italiano. Pero es menester preguntarse: ¿por qué el oro? Entre todas las maravillas ofrecidas a la perplejidad europea, ¿por qué el oro como acicate de una ambición inescrupulosa? Por una parte, la apetencia aurífera hecha por tierra la interpretación romántico-historica sobre los conquistadores como héroes utópicos en busca de sueños imposibles. Más que perseguidores de quimeras; nos encontramos ante protocapitalistas sin fronteras ni ley que provocarán en parte, la primera globalización de la economía. “No obstante, el oro y la plata del Nuevo Mundo eran los que inevitablemente atraían  una mayor atención por parte de los europeos del siglo XVI. “No da aquella tierra pan, no da vino, escribió Pérez de Oliva en la década de 1520, más oro da mucho, en que el señorío consiste. El oro significaba poder. Esta había sido siempre la actitud de los castellanos con respecto a la riqueza y el descubrimiento de oro en las Indias parecía colmar su viejo sueño.” (Elliot 2010, 45). Fuera de lo erróneo de Elliot al particularizar lo universal; lo cierto es que el oro constituía el medio inmediato de financiación de la empresa colonizadora.

Así la recurrencia significante del sema oro es tal en el texto, redactado durante más de treinta años por su autor, nutrido de los relatos de las sucesivas travesías, que al aislarse su contenido diegético de sus propiedades textuales, constituiría una oda al oro, material que un siglo después podría ser empleado por la acritud del sarcasmo barroco que utilizará frente a esta búsqueda febril el memento mori como reconvención. Por otra parte,  la omnipresencia áurea en términos técnicos supone un catalizador general de la diégesis en términos narrativos pero asimismo un operador proposicional en términos intratextuales. Un operador proposicional se define como una palabra o conjunto de palabras en un amplio campo que se extiende desde el simbolismo lógico hasta la lengua coloquial con el cual se pueden construir frases a partir de otras proposiciones y cuyos valores de verdad son dependientes de los valores de verdad de las proposiciones parciales. Entonces un operador lógico es un productor de significación. Los  valores de verdad son los que presenta el oro en el texto  en relación con una lectura lógica de su presencia: negación, conjunción, adjunción, equivalencia, contravalencia e implicación.  Estos valores de verdad no solo tienen al oro como contenido preferente sino que son determinados por él previamente; por tanto el oro es operador proposicional al determinar el funcionamiento de estos mismos valores en la trama de la historia narrada. De esta manera, el oro se convierte en un determinante  y además en contenido específico de tales formulaciones. Pero también es un operador referencial catafórico o una expresión indexical (Pierce) dentro de la significación de la diégesis dado que en todo caso, esa procura del oro sea negativa o positiva, refiere a una próximo viaje, una subsiguiente exploración que organiza la progresión de las búsquedas históricas, posibles o imaginarias.

Refiere así a una potencialidad bajo la que cobra sentido lo factico inmediato. De aquí que el oro formalizado sea en el texto un signo tópico dada su reiteración y se convierta en un transigno dada su presencia en otros textos de la serie coetánea. De modo que, la designación que el sema “oro” ostenta no solo se vincula con una realidad intratextual inmediata sino que se convierte en paradigma, causa y efecto del relato de otras búsquedas, de otras travesías que leen su falta, sus hallazgos fracasados previamente como condición del éxito futuro. Por consiguiente, su presencia ubicua  se vincula con valores narrativos, constituye un conector secuencial profuso, un cohesionador de contenidos históricos narrados y valores lógicos formalizados bajo los parámetros de las lógicas de sentido enunciadas anteriormente. Solo así en sus funciones lógicas y actanciales puede explicarse su abrumadora recurrencia como elemento fundamental de la lógica de la colonialidad; aquella que bajo nuestra lectura subsume a las demás. Porque si en una dimensión pretextual el oro constituye un elemento específico de la subjetividad del narrador, un sema constitutivo de la colonialidad del poder de la perspectiva narrante; en un plano intratextual, se organiza como la base material, económica que posibilita desde el inicio de la empresa de conquista imponer la anterior en los territorios. En este aspecto constituye un acicate para el desplazamiento y el desplazamiento organiza en primer término la narración histórica. Y por otra parte, en lo referente al sentido global funciona como valor; el valor que se le asigna al horror vacui que es América para los colonizadores. Por ende su función es doble: en primer lugar, fáctica; en segundo, valorativa. La valorativa es clave ya que permite visibilizar un horizonte de sentido; imprime una lógica fundamentalmente de causa y consecuencia para aquellos subsumidos en lo ignoto, lo ahistórico, lo radicalmente exótico para lo cual ni siquiera se han formulado los marcos conceptuales para inteligir una realidad que precisamente es un signo puro, un interrogante puro cuya agobiante presencia es resuelta de modo burgués; esto es, a partir de la ecuación costo/beneficio este es el primer y único sentido que el oro simboliza. Por consiguiente, la avidez áurea expresa en estos primeros encuentros la imposibilidad de comprensión recíproca entre indígenas y conquistadores. Una divergencia irreductible, un malentendido mutuo. Para los primeros y en esto insiste Pedro Mártir es incomprensible el valor que otorgan los españoles al metal; dado que para ellos su valor es ornamental, de uso y no de cambio. Del mismo calibre, es la estupefacción europea al constatar que los indígenas no otorgan un mayor valor al oro que el de un simple abalorio.

En el texto de Mártir, el oro constituye un signo polifuncional dada su centralidad en la escritura del cronista italiano; no solo determina la orientación de las expediciones, el intercambio con los naturales, el discurso mítico de la Edad de Oro, el análisis de las características de la naturaleza americana como indicios de su existencia, sino además la adjudicación de nombres para unos territorios que solo adquirían significación en tanto podían suministrarlo. Es decir,  se tematiza en las denominaciones recurrentes de los territorios; convirtiéndose en en tópico en los topónimos: “Siguiendo el consejo que su hermano le había dado al marcharse, el Adelantado Bartolomé levantó un fuerte en las minas y le llamó Fuerte del Oro, porque de la tierra que los peones tapialeros llevaban para construir los muros, al amasarla recogían oro. Empleo tres meses en hacer los instrumentos con que se pudiera lavar y recoger oro” (Op. cit, 51). “Han resuelto que Veragua se llame Castilla del Oro y Uraba, Andalucía la Nueva, y han escogido para habilitarla como cabeza de las islas a la Española, sometiéndoles muchas colonias de muchas islas.” (Op.cit, 181). Asimismo, el oro será uno de los factores que determinará las corrientes de poblamiento y el establecimiento inicial del asentamiento español en América durante el siglo XV: “Por estas naves, el gobernador Bartolomé recibió de los Reyes y de su hermano el Almirante, que ya antes había tratado mucho de estas cosas con los Reyes, orden de que trasladara la habitación al lado meridional de la isla, pues aquella parte estaba más próxima a las minas de oro.” (Op. cit, 52).

La existencia o inexistencia de oro determina en primer lugar la percepción de los nativos; esto es, los adornos hechos de oro, luego de su desnudez constituye el elemento de su aspecto que llama la atención de los conquistadores; “Al cuello y en los brazos llevaban collares  y brazaletes, la mayor parte de oro y perlas de Indias, y esto como tan ordinario que las mujeres de nuestros países no llevan mayores sartas de cuentas de vidrios. Preguntándoles dónde se cogía aquello que llevaban señalaron con el dedo a la propia playa...” (op. cit, 68). Asimismo determina la vinculación entre ambos colectivos.

El narrador de Mártir evidencia que en la articulación de esta “a-vinculación” asimétrica; es la violencia  no la razón o la religión frente a la renuencia o la rebelión de los autóctonos el medio expeditivo para apropiarse del oro.   Las tropas de Vasco Núñez de Balboa “Encontraron algunas libras de oro labrado en diversas joyas. Se volvieron, pues, a las naves después de haber destruido a Pocha, con ánimo de dejar a los caciques del interior y hostilizar sus costas.” (Op. cit, 143).Y es precisamente esta confrontación con la otredad, reduciéndola a un medio lo que pone en crisis el humanismo renacentista y explicita su carácter eurocéntrico; esto es, sus limitaciones, en definitiva, su vaciedad de sentido. Leopoldo Zea expresa con acierto lo anterior; aludiendo a la cuestión central en la relación histórica entre América y Europa:   “La Europa que consideró que sus destino, el destino de los hombres, era hacer de su humanismo el arquetipo a alcanzar por todo ente que se le pudiese asemejar, esta Europa, lo mismo la cristiana que la moderna, al trascender los linderos de su geografía y tropezar con otros entes que parecían ser hombres, exigió a estos que justificasen su supuesta humanidad. (Zea 2011, 37). De este modo, europeos y americanos en el texto no son “próximos” como prescribe el dogma católico. Puesto que si los segundos presentan algún valor, es el instrumental, suministradores del oro en todas las expediciones que consigna el autor italiano: por ejemplo, primer y segundo viaje colombino, la entrada de Vasco Nuñez de Balboa o el trayecto de Cortés en Mezoamérica: “Cuentan que los indígenas de esta región son pacíficos y sociables; mas poco útiles para los nuestros, porque no consiguieron ninguna ventaja apetecible, como oro y piedras preciosas. Cuando se reconoce una región, esto es, se la considera apta para el establecimiento poblacional  y para la extracción del metal se reparten los naturales; aun cuando el narrador postula que la esclavización no es consentida por el poder real en América durante el primer tramo del siglo XVI prevalecieron las mores et consuetudines.   “A cada hombre industrioso que tenga alguna importancia, se le señalan uno o varios caciques o régulos con sus súbditos. El cacique, en ciertos tiempos del año, según tiene pactado, acude con un pelotón de indígenas a la mina de aquel a quien fue designado. Allí se les facilitan instrumentos de cavar, y al cacique y a los indígenas les está señalado cierto premio de su trabajo a más de la comida; pues cuando se retiran de las minas a sus sementeras, que cuidan a su tiempo para que no falten los alimentos, se llevan, quien un chaleco, quien una camisa; otro, sayo o montera, pues ya les gustan estas cosas y no van desnudos. De esta manera los indígenas trabajan en oro y en la agricultura, no de otra manera  que los esclavos. Llevan de mala gana el yugo, pero lo llevan. A estos jornaleros isleños les llaman anaborias; pero el Rey no consiente que sean tenidos por esclavos. (Op. cit, 109).

Finalmente, si se compara el funcionamiento del signo “oro” en el texto del historiador italiano con otras crónicas contemporáneas se evidencia una significación idéntica. En ciertos casos, la reconvención de los efectos de su procura: “Por cierto, cosas han pasado en estas Indias en demanda de este oro que no puedo acordarme de ellas sin espanto y mucha tristeza de mi corazón.” (Fernández de Oviedo (1578), Parte II, Lib. XXV, cap.7, 26). La alabanza inusual de poder mágico del oro, en una declaración de afán materialista que corresponde precisamente al “místico” Colón: “El oro es excelentísimo: del oro se hace tesoro, y con él quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo, si Dios Nuestro Señor no le contradice, y llega a que echa las ánimas al Paraíso”. (Colón. Relación del cuarto viaje. Jamaica, 7 de julio de 1503.). Y el testimonio de la ambición hiperbólica: “No hay más oro que este en México? Sacadlo todo, que es menester todo.” (Fray Bernardino de Sahagún 1569. Palabras atribuidas a Hernán Cortés durante la conquista de México. Historia general de las cosas de Nueva España, vol II, Lib. XII, cap 41, 861). Sin embargo, las narraciones testimoniales omiten las causas y las consecuencias de la vehemencia de la pulsión áurea. La significación del oro, como hemos comprobado en “Las Décadas...” presenta las siguientes características: 1) Comienza con su recurrencia textual; su repetición, viaje a viaje, crónica a crónica. 2) Su valor como acicate de los viajes y de la colonización. 3) Elemento que permite interpretar la naturaleza y las señales de su presencia en el territorio. 4)  Imperativo de la vinculación con las poblaciones autóctonas y su esclavización. 5) Su presencia produce todo un sistema de extracción, administración, reparto y envío a España. Sin embargo, su importancia de la que el texto es prueba excede al mismo. Supone un cambio de mentalidad respecto a la actividad económica y sus resultados. De Adam Smith a Carlos Marx, se acuerda en que la extracción áurea ha constituido el combustible necesario para el arranque del capitalismo europeo a partir de la división del mundo en centro y periferias, metrópolis y colonias, con la colaboración del discurso católico que le otorgó legitimidad ideológica y la cobertura administrativa y militar del imperio español. Así la vida de ambos continentes América y Europa fue radicalmente transformada para siempre. Para  J. Hamilton, en su conocido artículo de 1929 “El tesoro americano y el florecimiento del capitalismo” concluye que el descubrimiento de América es el principal estímulo para la consolidación del capitalismo en la Europa del siglo XVI. De aquí la monomanía aurea, la ambición y el expolio hiperbólico.

Confrontar pasado y presente quizás sea un modo de realizar un futuro diferente.

 

 

Referencias

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* Profesor de literatura latinoamericana. Periodista. Investigador orientación: análisis decolonial de textos literarios. Ponente en diversos congresos de universidades americanas y europeas: Universidad de Vigo, Universidad de Salamanca, Universidad de La Sapienza, Universidad de York, Universidad del Salvador, Centro de la Memoria Haroldo Conti (Buenos Aires).

 


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Limeres Novoa, Fernando.  2019. Crítica a la colonialidad del poder y al eurocentrismo desde las perspectivas decoloniales. Blog nuestrAmérica, 24 de febrero, sección Columnas. Acceso [día de mes de año]. http://blog.revistanuestramerica.cl/ojs/index.php/blognuestramerica/article/view/31


 

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