Número 28, Miércoles 6 de marzo de 2019. Sección Reseñas

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La narración como argumentación dentro de la ficción reflexiva

por Luis Javier Hernández Carmona *

 

 

De reciente aparición, coeditado por el Fondo Editorial “Mario Briceño-Iragorry” y  el Fondo de Publicaciones del Laboratorio de Investigaciones Semióticas y Literarias (LISYL) de la Universidad de Los Andes-Venezuela, la Red de Pensamiento Decolonial y la Revista FAIA de Argentina; el libro Toque de cacho (2019) de Héctor Galeano Arbeláez, ofrece una peculiar estructura narrativa para la conformación de un sincrético universo simbólico que apela a diversas direccionales para tocar la complejidad social desde los planos argumentales sostenidos entre realidad y ficción como procedimiento estético-narrativo.

En tal caso la ficción entroniza los mundos primordiales de los enunciantes para enarbolar situaciones representadas en torno a una realidad a ser cuestionada en sus estructuras del poder y la postulación de los lenguajes totalitarios a manera de visiones de mundo. Mundos contrapuestos a las manifestaciones sensibles de la ficción diversificada en la reflexión e inflexión para postular desde el hombre y su irreductible condición humana, posibilidades de interpretación-argumentación de la realidad crasamente ideologizada y materializada.

Inserta dentro de un realismo telúrico, la memoria, al tiempo que evoca lo existencial, se hace columna vertebral para sostener la cadencia de los acontecimientos reveladores de mundos íntimos en contraposición con las injusticias sociales, homologando de esta manera los valores de la tierra con la sensibilidad reflexiva devenida en relato aparentemente ficcional, pero esperanzadoramente argumentativo. En el cual, la correlación entre espacio natural y formas enunciativas desacralizan los discursos del poder militar, político y eclesiástico, haciendo terrena la potencialidad divina al desnudarla por sus acciones contrarias a los preceptos de la fe y la caridad.

De esta forma el bien y el mal se hacen posibilidades de redención en medio de una ficción contenida entre la conciencia histórica y la conciencia mítica. La interrelación entre ciudad y campo atados a la memoria sensible de lo enunciantes que hacen de la voz narrativa, el eco para hacer resonar la presencia profundamente humana reflejada en la ancestralidad, lo doméstico y todas aquellas referencialidades que conduzcan a conformar un rostro para los anónimos o desplazados por los enmarañamientos políticos o la violencia como modo de vida.

La memoria y sus articulaciones narrativas se hacen procesos estéticos dentro de los planos de la subjetivación literaria para dar cuenta de la conciencia mítica y sus rebasamientos de lo crasamente objetivo con la inserción de los saberes y creencias del pueblo a razón de visiones del mundo y construcción de la realidad. Irguiéndose la amalgama mítica-rural para descorrer los telones de la niebla entre presente y pasado e invitar a espantos y aparecidos a colmar la escena, a develar el alma popular en sus más sentidas y desgarradas experiencias.

Entonces lo desplazado, periférico, innombrable se hace en toque de cacho presencia constante para recordarnos en nuestra naturaleza sensible, o hacer posible en los decursos narrativos la convivencia de la muerte a razón de aposentos para habitar, fronteras para compartir con la vida, y desde allí, trasegar como sujetos migrantes entre esos espacios de la significación. En tal caso, se narra indistintamente de la muerte hacia la vida, o en dirección contraria, pero siempre, simbolizando el tránsito del sujeto en sus recurrencias cotidianas.

Con esta práctica narrativa-referencial se llega a la construcción de la cotidianidad ficcional, ese escenario de confluencias de todo lo posible para el hombre tan limitado por las certezas de la realidad o las imposiciones del poder, quien a través de los espacios estéticos crea universos simbólicos, desde los cuales, se abre un proyecto narrativo en torno a un realismo telúrico; expresión estética tan característica en América para invocar lo natural y sus cosmogonías, sincretismos, humanizaciones u oportunidades para reensamblar bajo la operatividad de lo estético las oportunidades para apelar a la reflexión en los predios de la ficción.

Y ciertamente la literatura es una provechosa oportunidad para resignificar mundos,   realidades, acontecimientos, no solo en los simples planos de transposición referencial, sino en función de la resignificación a partir del cuestionamiento, específicamente con la ironización, tal y como sucede en este libro, combinada con la reducción frástica para potenciar la carga simbólica de lo contenido en los relatos que están estructurados bajo este procedimiento estético, e invertir las causalidades y plantear nuevos caminos de argumentación en cuanto a la veridicción literaria convertida en argumentación.

En este sentido los relatos articulados en toque de cacho se hacen instantaneidades para revelar sus planteos de significación en ráfagas de sentido a articular por el lector, a desbrozar entre la maleza que cubre el seno fértil de la tierra maltratada por los militares, el clero y los gobernantes; para develar el rostro del campesino maltratado en los sistemas hegemónicos del poder. Por lo que la niebla y el humo del cigarrillo sirven de telones de fondo para descorrerse a cada instante para develar los contenidos implícitos en esas injustas sociedades; dándole un interesante carácter cinematográfico a las narraciones y su conversión en un continuum simbólico que grafica lo que la historia y las sociedades no revelan.

Entonces el libro toque de cacho se transfigura en la recurrencia del enunciante para ejercer una práctica sensible al retratar la acción humana alrededor de lo confesional; la develación de mundos primordiales para revelar la consustanciación del espíritu con la tierra; hecho desde donde deviene la cercanía consigo mismo, los otros y el contexto; imperiosa amalgama para lograr la convergencia de los discursos en torno al hombre y sus particulares circunstancias existenciales y sociales. Bajo estas prerrogativas, las realidades enunciadas encarnan una analogía con el humo y las volutas que engranan figuras son espejos de la memoria para ilustrar el relato en torno a lo holográfico:

Había amanecido leyendo en el humo lo escrito por su imaginación, sitios, personas, hechos, edificios, jardines, trabajo, recuerdos y más recuerdos que no quería olvidar para poder seguir despierta dejando que su imaginación siguiera escribiendo en la soledad frases que la alejaban de la realidad. Todo había pasado y con aparente fortaleza lo habían afrontado, pero los dos seguían recordando sin pensar en el futuro, sus mentes estaban en el pasado revivido en el humo del cigarrillo.

En medio de la instantaneidad de los relatos se sucede una ráfaga de acontecimientos que van convergiendo en una antecedencia telúrica que contrapone realidades y devela estructuras narrativas soportadas en inserciones del discurso mítico para contrarrestar lo histórico. Al respecto la transmigración holográfica de cuerpo a ánima permite una reflexión imaginativa desde los espacios enunciativos de la muerte para cuestionar la dura y cruda realidad de los campesinos frente a las carencias socioeconómicas, el entierro de los pobres, la violencia de los uniformados o la especulación de los vivos.

Las anteriores estructuraciones narrativas llevan a la configuración de un universo paralelo a la realidad histórica, en la cual los campesinos a través de la exclusión y explotación son especie de muertos que deambulan por la tierra expoliada en los espacios de la periferia y la explotación. Isotopía que acerca al texto toque de cacho a una corriente estética característica en América; cuando en la literatura se abren espacios para formular desde los realismos telúricos universos simbólicos para reivindicar a través de la inversión enunciativa y proposición de espacios ficcionalizados, tal es el caso de enunciar desde la muerte para cuestionar la vida. Y que en la narrativa de Juan Rulfo tiene su mayor representación.

Esta inversión enunciativa cumple en toque de cacho un principio desacralizador de lo divino en las instancias del poder, al recurrir en el abandono de la deidad a los mortales más débiles, en esta ocasión representados por los campesinos, e institucionalización del poder eclesial en contra de los hombres y la tierra en manifiesta contradicción de los principios judeocristianos. Al respecto, hombre y tierra se hacen cartografía para delinear nuevas rutas de interpretación de las realidades fundadas en el realismo telúrico. Provocando estas narraciones desde otros espacios, o paradigmas de la exclusión, el abandono o la periferia, la contraposición referencial para reescribir la historia y las nociones constituidas en:

Esa patria que como la política y la religión parece hecha únicamente pa’ quienes le chupan la sangre a los más pendejos. Carajadas, puras carajadas que charlamos porque estamos muertos por no haber abierto el ojo cuando estábamos vivos en Santa Rafa, este pueblo con nombre de santo pero lleno de mierdas que se aprovechan de los campesinos...

Sostenidos en estas articulaciones estéticas, los relatos reescriben la historia sujetos a la contraposición de la historia tangible –real- y la contada por los enunciantes, tal es el caso de la narrada por don Víctor el profesor de historia y la oposición entre los caiques de las etnias aborígenes percibidos en torno a lo sensible y los usurpadores surgidos de las hordas políticas; los falsos líderes encubiertos en dirigentes comunitarios que solo responden a sus intereses personales. Lo que conlleva al surgimiento de las voces excluidas por la historia oficial para reclamar sus espacios:

El ser indio se convirtió en delito en un pueblo supuestamente cristiano, manejado como hacienda por un clero poderoso y consagrado al Sagrado Corazón. Para los colonos el indio es un animal; para los curitas, otro medio de hacer plata salvando almas; el gobierno sigue procurando no darse cuenta de que existen; los periodistas los aprovechan para aumentar el sensacionalismo. Los militares los están utilizando para imaginar guerrillas, practicar tiro al blanco, hacerse propaganda con las acciones cívico-militares y ganar condecoraciones por supuestos actos de valor en favor del colono explotador.

La voz aborigen, la presencia aborigen –el Ser indio- se trasforma en elemento subversor de lo establecido al proponer la suplantación ancestral frente a las agresiones del poder; voces de la periferia advierten a los centros del poder de las posibilidades de la reescritura de la historia en torno a otros espacios sígnicos que representan al hombre en sus manifestaciones sensibles, evidentemente desdobladas en acción patemizada que implica el acto de narrar más allá de la simples estructuras cognitivas-racionalistas.

En consecuencia, el hecho de narrar la historia implica la construcción de una identidad narrativa que apunta hacia la reivindicación de lo humano, constituyéndose así los relatos en verdaderos manifiestos de la sensibilidad interpretada en muchos momentos por la ingenuidad de un estirpe explotada y expoliada que se difumina junto a los valores de la tierra para constituir una especie de espejismos que en momentos asalta las certezas de la realidad histórico-social. Al mismo momento reafirma la instancia humana a través de la fortaleza de lo afectivo y su intención de compartir con el otro, de establecer lazos indisolubles en función de la sensibilidad, pudiéndose verificar esta  particularidad en la fortalecida expresión de la oralidad.

La implicación de la oralidad conduce a un conferimiento actancial-sensible del enunciante hacia él mismo y al otro que supone su interlocutor; interlocutor explícitamente diversificado tanto en otros personajes como en el involucramiento del lector dentro de las unidades accionales de la experiencia narrativa. Indudablemente esta particularidad conduce al establecimiento de una relación afectiva para fortalecer el pacto lector o el sostenimiento de los elementos empáticos garantes del establecimiento de la comunicación estética y su posterior desdoblamiento en postura ideológica para significar al hombre perdido en los estertores del poder y la avaricia; prisionero del poder militar, parroquial y eclesial.

En definitiva, cuatro sustratos fundamentales equilibran la estructura narrativa de toque de cacho: el poder parroquial, la milicia, la curia y los campesinos, para encarnar una serie de narraciones articuladas en una profunda reflexión que envuelve diversos aspectos de la realidad enmarcada en un realismo telúrico y explicitada a partir de una ficción reflexiva; ficción para redimir al hombre consustanciado con su cotidianidad; o más bien, transfigurar la cotidianidad en instrumento estético para alentar voces de la tierra y anclarse en los muros del tiempo y la historia.

 

 

 

Referencias

Galeano Arbeláez, Héctor. 2019. Toque de Cacho. Relatos de memoria. Venezuela: Fondo de Publicaciones del Laboratorio de Investigaciones Semióticas y Literarias (LISYL); Fondo Editorial “Mario Briceño-Iragorry” de la Universidad de Los Andes. http://www.deycrit-sur.com/repositorio/toquedecacho.html

 

 

* Profesor Titular de la Universidad de los Andes. Licenciado en Educación mención Castellano y Literatura. Magister Scientiae en Literatura Latinoamericana. Doctor en Ciencias Humanas. Investigador nivel “C” PEI-ONCTI. Miembro correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua. Correspondiente de la Real Academia Española. Editor-Jefe Fondo Editorial “Mario Briceño-Iragorry” ULA-NURR. Correo: hercamluisja@gmail.com.



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Cite este trabajo:

Hernández Carmona, Luis Javier.  2019. La narración como argumentación dentro de la ficción reflexiva. Blog nuestrAmérica, 6 de marzo, sección Reseñas. Acceso [día de mes de año]. http://blog.revistanuestramerica.cl/ojs/index.php/blognuestramerica/article/view/33


 

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