Número 30, Viernes 12 de abril de 2019. Sección Cultural

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El mandao del día*

por Álvaro B. Márquez-Fernández **


 

La costumbre era, por lo menos una vez al día, según las horas para desayunar, almorzar o cenar que la abuela Chiquinquirá, siempre con su peineta de nácar, o la mamá Ada con su mandil de flores decorado con utensilios de cocina, llamarán unas veces por el diminutivo otras tantas por el apodo, al hijo-nieto de estas dos mujeres de voz azucarada, para que fuera a cumplir el ritual del mandao del día.

Era una especie de encargo que se recibía para ir a la bodega a comprar el diario, es decir, traer pa´ la casa ese par de busacas de sacos de harina, recortadas, plisadas y pegadas a mano, que el bodeguero le entregaba al muchacho con la dieta para el día de comida.

Casi siempre para el seco la escogencia cotidiana era el paquetito de a kilo de arroz envuelto diestramente en papel de estraza y amarrado a mano con cabulla o currican. Se veían detrás del mostrador, en anaqueles lineales de tablas rasas que iban ascendiendo hasta un techo tejido de caña de vera y varas de manglar, apoyado en paredes de piedra de ojo, recubiertas y pintadas con cal. Los anaqueles también contenían sacos de papas y de esas verduras tan coloridas y frescas de campo, que muchas veces también quedaban aparcadas en el refrigerador.

Para el salado el instinto culinario sugería un apetitoso pedazo de carne de res o cerdo, eventualmente de pescado, que se cocinaría en una paila chata y de boca de laguna lentamente, sobre un anafre de hierro colado de donde emanaba un rojizo calor de carbón que enrojecía los ojos, a uno se le llenaba la boca con el aliento de esos olores que impregnaban el aire por varios días…

Ir a comprar el mandao del día era vivir más que una aventura, era ser cómplice de un descubrimiento que en pocas horas podía transformar la percepción de la realidad a través de los sentidos. Además, grande era la motivación que sentía cualquier muchacho, sobre todo si era de la casa, porque cada mandao tenía como recompensa un poco de plata, o sea, dinero en efectivo.

Se trataba de hacer rápido el encargo para poder recibir esos reales y poder comprar todo aquello que el corazón hacia resaltar en los anaqueles de la pulpería, cuando el placer y sin la obligación de compartir el fruto del trabajo de uno o varios días, susurraba al oído… Era para cualquier muchacho su particular modo de festejar el mandao del día.

Bastaban unas pocas lochas o el codiciado fuerte, para que fuera más el entusiasmo por hacer el mandao, y éste resultara un sacrificio gratificante. 

No era bueno caminar a paso de ciempié, había que saltar a paso de gacela en ese ir y venir de cualquier recorrido, pues para comer a la hora siempre se echaba de menos la presencia de un muchacho para el mandao, que aproveche el tiempo y no se derrita con el calor del sol…

Los días de mandaos por estas partes del país, por estos lugares del vecindario, por estas calles sin aceras y de tierra seca, son siempre tan calurosos que es común andar por ahí de pantalones cortos, franelita unicolor o de rayitas, cotizas guajiras, e irse detrás de las sombras con los árboles más grandes, uno detrás del otro.

Este pequeño oficio de muchacho de mandao era una característica personal de casi todos los niños del barrio. Siempre de los niños, pues en esa época las niñas vivían pa´ dentro de la casa, y no salían sino a la colonial ventana del frente para mirar con ojos inciertos ese otro mundo de la infancia que no olía a perfume de muñecas de trapo.

La oportunidad para hacer los mandaos era la conquista de un espacio de libertad con el que se daba inicio a una novel mayoría de edad concedida por las madres o las abuelas, padres o abuelos, con la finalidad de que el muchacho aprendiera de a poco lo que es la vida de verdad. Sí, un aprender la vida a través del valor de la obediencia y el compromiso con el deber, era el reflejo de un buen hacer lo que se nos pedía…

No siempre se puede comprender esta lección de sabios y de viejos, pensaba para mí mismo, porque el momento de salir a sentir el mundo a través de la conciencia y del cuerpo era mucho más vital que enredarse la vida con los “consejos de los mayores”. El muchacho no se lo podía creer, nunca tuvo la sospecha de que al salir a la calle para hacer cualquier mandao del día, por necesidad de sus dos madres, descubriría el sentido de aventura que ofrece la vida.

El mundo se le revelaba cada vez por primera vez, y la aventura era el reino de cualquier fantasía que anidaba en su imaginación, mientras seguía mirando, con el rabito del ojo, hacia aquella casa de dos aguas, donde la vida diaria lo había acostumbrado a sentir la experiencia doméstica de la paz hogareña.

Salir de mandao significaba muchas otras cosas, que pululaban en la mente de quien se sentía autónomo para decidir qué hacer con ese tiempo de libertad, mientras cumplía con su oficio de ir y venir de un lugar a otro, y a casi los mismos lugares de siempre, por donde se caminaba o corría a través del tiempo.

Y, precisamente, el mandao del día brindaba esa oportunidad para hacer y deshacer ilusiones a su antojo sin el temor de alguien que castiga por gusto o desobediencia. Nunca se supo de un muchacho de mandao que se perdiera más allá de las fronteras de su libertad, tampoco que no supiera cómo regresar después de irse… Menos aún, si por error se volvía con otro mandao y no el que debía traer….

Se aprendió de memoria lo que por sonido decían las palabras… “recao de olla”, “azul de metileno”, “arepa pela”, “queso de año”, “miel con limón”, “plátano entreamarillo”, “rebusco”, “tabla de planchar”, “plancha de carbón”, “cabulleras pa’ la hamaca”, “besitos de coco”, “mandador”, “kerosen”, “El Sr. Críspulo Anselmo”, “guineo bocadillo”, y tantas otras palabras de rimas y asonancias del día con las que vivía todos los días, desde la fresca mañanita hasta las largas tardes cálidas y lejanas.

Se había acostumbrado a escuchar las voces de los mayores tal como los mayores hablaban entre ellos, pero también aprendió a descubrir que en ese juego diario de palabras el muchacho del mandao del día, sabía escucharse a él mismo y hablar con sus palabras de las palabras con las que sentimos…

Poco a poco, aprendió a hablar y a escuchar lo que otros deseaban y acercó sus oídos muy cerca de los labios, para conocer mejor a dónde ir y de dónde regresar, a buscar y encontrar acá o allí, eso que alguien desea o promete. A creer en su ingenio y buena suerte, para llegar temprano cuando el día amanece y despedirse del día con la última hora de la tarde.

De su último recuerdo de los días de mandaos, hace mucho tiempo desde entonces, el muchacho todavía está por regresar. Lo mandaron a buscar en secreto algo que alguien le pidió necesitar más allá de la mirada con la que el árbol se refleja en el río, más allá del río donde las imágenes del cielo se evaporan, más allá de ese más allá de ir para regresar cuando la voz de la abuela Chiquinquirá lo llamaba por alguno de sus dos “nombres”, o cuando las risas de pantomima de su mamá Ada le llenaban los oídos de carcajadas….

Aprendió a viajar en silencio todos los momentos y a cada momento, reconocer en el destino de cada viaje a diferentes viajeros que andaban con otros mandaos bajo el brazo o por encima del hombro, casi siempre a pié de peregrino porque es la única forma de preguntarle al destino pa´donde se va o de dónde se viene, de cara a la luz o a la sombra. Y sin dejar de olvidar, nunca jamás, lo que siempre se sueña despierto: querer volver o volver a partir…

Siempre el día es otro día que renace en él mismo, y el muchacho del mandao creció y se desvaneció en el recuerdo, para dejar que la vida lo mandara por otras sendas…

De ese último mandao del día en su piel aún permanece aquel presente cálido y lluvioso, aéreo y marino, terrenal y celestial, olor a frambuesa y canela, arepa horneada con café con leche, pan de maíz con mantequilla, aquella antigua casa de antes muy larga y alta hasta el fondo del último recuerdo, donde nació y vivió mientras aprendía a hacer mandaos hasta este día de su vida…

 

*Este texto fue publicado de manera póstuma gracias a Zulay Díaz, viuda de Álvaro B. Márquez-Fernández.

** Fue, Profesor Titular Eméritus de la Escuela de Filosofía, Facultad de Humanidades y Educación, Universidad del Zulia (LUZ); y, de la Escuela de Filosofía de la Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA). Maracaibo, Venezuela. Miembro fundador del Comité Académico del Programa de Doctorado en Ciencias Humanas. LUZ y del Centro de Filosofía para Niñas y Niños (UNICA). Fundador de la Maestría en Filosofía. Mención. Pensamiento Latinoamericano. UNICA. Investigador del Centro de Estudios Sociológicos y Antropológicos (CESA-LUZ).




Cite este trabajo:

Márquez-Fernández, Álvaro.  2019. El mandao del día. Blog nuestrAmérica, 12 de abril, sección Cultural. Acceso [día de mes de año]. http://blog.revistanuestramerica.cl/ojs/index.php/blognuestramerica/article/view/35



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