Número 31, Martes 14 de mayo de 2019. Sección Columnas

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Fanon y nosotros

por Fernando Limeres Novoa *

“Todas las formas de explotación se parecen. Todas quieren buscar su necesidad en un decreto cualquiera de orden bíblico. Todas las formas de explotación son idénticas, porque todas ellas se aplican a un mismo ‘objeto’: el hombre. Al querer considerar la estructura de tal explotación o de tal otra sobre el plano de la abstracción se enmascara el problema capital, fundamental que es el de devolver al hombre a su lugar” Frantz Fanon

 

I. Fanon y nosotros

¿Cuál es el significado de la obra de Fanon hoy? Para muchos su obra resulta un anacronismo. Sin embargo, no sin casualidad resulta también que aquellos que esgrimen semejante despropósito  se ubican en el 20% de los privilegiados de la vasta cifra de 7.545 millones que consigna la población mundial actual. Lo anterior expresa una vez más que mientras cualquier análisis se expresa en los términos de una objetividad cientificista, el resultado del mismo revela la subjetividad con la que mira y evalúa el mundo. Fanon no es necesario. Es cierto que el mundo colonial que analizó y explicó ya no existe, sin embargo, sus efectos, sus consecuencias, paradójicamente se han profundizado y globalizado. Basta contextualizar sus textos en nuestra cotidianidad para saberlo. Basta vincularlos en una operación dialéctica con los parámetros que rigen el devenir mundial tanto en el plano micro como macroexistencial para percatarnos de su operatividad en la glosa de muchos fenómenos de diversa índole que condicionan hoy a millones ¿Por qué es un imperativo su lectura? ¿Cuál es su legado?  En rigor, tales interrogantes suenan falsos y  redundantes, sin embargo podríamos preguntarnos ¿Cuántas cátedras universitarias en el sur global investigan su obra? Supongo que su número sea exiguo –y lo es-. Esta respuesta recontextualiza y legitima las preguntas anteriores.

Fanon es más necesario que nunca, porque quizá el olvido académico de la obra fanoniana sea un imperativo que acicatea su rescate y potencie todavía más la vigencia de sus búsquedas. Su diálogo principal fue con su época, sin embargo, su reflexión encuentra en la coyuntura actual nuevo campo de aplicación de sus tesis más relevantes.  Al contrario de lo que puede pesarse su obra frente al transcurso temporal no resulta confinada en el pasado sino que se ubica en el presente y por supuesto, en nuestro futuro. No queda atrás, se sitúa adelante; dada su naturaleza prospectiva. De aquí que todavía nos interpele con vehemencia y con pertinacia.

Palmariamente, nuestro mundo no es el de Fanon, sin embargo, los resultados de sus tesis –vale la pena insistir en esto- se han hiperbolizado, han asumido una densidad  que combina aspectos antiguos y novedosos en la organización de un dominio neocolonial de hegemonía mundial. Por eso Fanon nos obliga a reconocernos –aunque suene maniqueo-, a constatar  en que parte nos encontramos, en que parte se desarrolla nuestra vida diaria y con qué parámetros nos autoevaluamos. Porque en rigor la vieja lucha de Fanon no ha perdido vigencia, ha encontrado nuevas legitimidades, pues el objetivo principal de su lucha se ha convertido todavía en más urgente que a mediados del siglo XX: “el de devolver el hombre a su lugar”.

Esto es una apuesta ambiciosa. Primero porque lo supone extraviado en su humanidad objetivado en la alienación neocolonial que enferma tanto a colonizados como a colonizadores. Segundo porque el terreno primario de la lucha son las conciencias perturbadas que constituyen para Fanon el auténtico y más sólido cimiento de la institución colonial. Tercero porque en tiempos de escepticismo posmoderno, tanto en la praxis como en la especulación teórica, ya no hay muchos que se muestren dispuestos a repensar un tópico que involucra una reconstrucción en multitud de ámbitos: epistemológico, ético, político, cultural, social, etcétera.

Para quienes duden se erige una estructura extractivista, ecocida y depredadora desde el río Bravo hasta el Cabo de Hornos, cuyo ejemplo más palmario quizá sean las empresas mineras y las de la soja en Chile, Argentina y Paraguay; aunque los ejemplos pueden multiplicarse ad infinitum o en Colombia, país en el que ya han sido asesinados 431 activistas por la recuperación medioambiental, cobra relevancia el atentado contra la vida de Francia Márquez en la región de Cauca. Lo anterior ha podido realizarse con la connivencia entre poder político y económico, pero también con la aquiescencia de un psiquismo neocolonizado al que adrede se le confunde la muerte con el desarrollo.

Fanon nos sigue interpelando porque lo que se juega es nuestra libertad y nuestra existencia ni más ni menos. Por otra parte, quizá  la ambición desmesurada de la obra de Fanon sea lo que en definitiva le otorgue vigencia y conforte la reflexión con un horizonte de esperanza. Porque Fanon hoy no examina un objeto de estudio exótico y lejano, perteneciente a un contexto histórico ajeno y superado dado que a los modos de alienación por él estudiados se han agregado otros, como por ejemplo, el tecnológico. De ningún modo, por el contrario, su actualidad también radica en que  el objeto de análisis fanoniano somos nosotros mismos y el modo en que nuestro psiquismo atenúa hasta disolverla nuestra responsabilidad comunitaria.

En efecto, nuestra configuración psíquica desde la imposición escolar y familiar ha sido determinada por prejuicios de diversa índole que a través del tiempo se han despojado de su carácter artificial llegando a naturalizarse, cuyos efectos son acciones reflejas en las que se oculta su matriz ideológica. Por esta razón el psiquiatra martiniqués nos impele al autoanálisis. En particular sobre la relación que mantenemos con nuestra propia cultura, esto es, con nuestra identidad y los parámetros subjetivos que empleamos para caracterizarla. De este modo, la identidad resulta un fenómeno plástico, maleable y poroso aunque bien sabemos que el cosmopolitismo, la apelación a la universalidad es una de las más eficientes trampas para introyectar la cultura hegemónica, pues con frecuencia solemos pensarnos desde una subjetividad ajena, a través de categorías prejuiciosas cuyo resultado son tesis peregrinas  y reñidas con nuestra circunstancia más inmediata.

Lo anterior, en el contexto del apogeo de la “globalización”, no es un tema menor. Al contrario, puede afirmarse que el monólogo cultural globalizado confiere al pensamiento de Fanon no solo su carácter oportuno, sino además su necesaria frecuentación.  No reviste exageración el afirmar que son múltiples las circunstancias, personales y sociales, que evocan y convocan su palabra. Pues si para la concepción clásica la histórica era magistra vitae ese magisterio se convierte en los colonizados en la condena racista a una subalternización cuyo punto de partida es su particularidad física que deriva necesariamente en la amputación interesada de su devenir histórico. No existe historia sin conciencia histórica, por el contrario, la conciencia colonial solo produce y reproduce, según Fanon, historia colonial, como la historia de nuestras repúblicas lo confirma. Por consiguiente, la historia de nuestros pueblos enseña desde su negación a partir de la posibilidad colectiva de conjurarla, de reensamblar sus piezas de otro modo, con otra lógica, con una nueva cosmovisión fanoniana y liberadora. Porque nuestra historia vale como colección ejemplar en tanto no se olvide que ha sido condena al no ser.  Destino que hoy es padecido por el 80% de la humanidad como resultado de la inhumanidad del 20 restante.

Eliminemos al Fanon en términos de una vox clamantis in deserto, porque inequívocamente su experiencia aún en el caos aparente de la NeoBabel globalizada, neoimperial e imperialista, somos nosotros/as. Nosotros/as somos  la causa y el efecto de su palabra. En este sentido a nosotros/as se dirige, a nosotros/as nos interpela. En definitiva, en nosotros/as adquiere un nuevo significado en una hermenéutica que en principio debe ser autotélica, porque la pretérita manía imperial del extractivismo sigue hoy tan vigente y voraz como nunca y avanza en una destrucción de escala planetaria.

El extractivismo neoimperial  geno y ecocida requiere, según Fanon, de conciencias alienadas que continúen creyendo en las narrativas eufemísticas que justifican su barbarie mediante tópicos como “progreso” o “desarrollo económico”, cuando históricamente el enriquecimiento pugnaz de la metrópolis ha encontrado su condición de posibilidad en el empobrecimiento de sus periferias. Triste e histórico mecanismo repetido: lo que se suma en alguna parte es lo que se le ha quitado a alguna otra.  Y es en este aspecto que la pregnancia del pensamiento de Fanon radica en su diagnosis de las dos caras del colonialismo. Observemos con mirada fanoniana lo que sucede en las metrópolis.

 

II. Fanon en el supermercado

La mirada de Fanon nos enseña a leer las patologías en lo inmediato: lengua, comportamientos, lugares. A diferencia de Dios, la patología fanoniana es ubicua: está en todos los lugares y en todos se manifiesta; las diferencias responden a matices que la geografía corrige o acentúa de acuerdo con  los numerosos determinantes que rigen el devenir social de ambos hemisferios. Constituyen dos realidades antagónicas pero también complementarias. La manifestación vehemente en uno es ocultamiento o represión en el otro. Solo quien pueda sustraerse de una especificidad de pertenencia  puede analizarlas, auscultarlas como Fanon por debajo de la enunciación prejuiciosa que define cuando somete y somete también cuando caracteriza desde la autocomplacencia de una falsa solidaridad que promueve la solidaridad sensibilizada pero no la liberación auténtica. Fanon es la llave que nos permite pensar la aporía en la que viven tanto los privilegiados como sus víctimas. Un mecanismo que por cada respuesta multiplica las preguntas. De aquí también su actualidad y su pertinencia.

Dado que el último eslabón del colonialismo mundial se presenta y representa en los supermercados, su realidad anodina y cotidiana no le resta un ápice de interés ni pueden acallar el atronador grito que expresan sus significados. Quien frecuente los supermercados europeos con el tiempo suficiente y el ojo avizor, notará perplejo que en efecto el colonialismo económico no solo ha constituido uno de los tantos exabruptos eurocéntricos inflingidos al sur global y legitimado mediante oportunas narrativas filocoloniales articuladas en categorías idealistas e idealizantes como la “civilización”, “la ciencia”, “el cristianismo”, “el liberalismo económico”, etc.; sino que además dicho colonalismo, asume insultante vigencia. Lo constata el análisis de los diversos productos que ofrecen distintas cadenas de supermercados en Madrid, Roma, Berlín o Londres.

Lo primero que asombra es la procedencia: la mayoría sin considerar el rubro al que pertenecen son exóticos, esto es, su procedencia es extranjera. No sin casualidad se comprueba que América Latina, Asia y África constituyen los puntos de partida, como antaño en el siglo XVI cuando los comerciantes sevillanos –en virtud del monopolio imperial- se enriquecían con las materias primas americanas surtidas por los galeones de la más heterogénea lista de delicadezas gastronómicas: ananás de Costa de Marfil, pimientos y espárragos de Perú, aceite de Marruecos, palmitos de Costa Rica; mejillones y atún chilenos; bananas de Ecuador, etcétera. Baste esta somera lista para refrendar lo anterior. Los cuatro puntos cardinales expresan las cuatro direcciones a partir de las cuales el hemisferio norte recibe las primicias de los lugares más remotos y de los continentes más diversos. Tales productos son ofertados en envases exquisitamente diseñados combinando la policromía con los logos más imaginativos y la visibilidad del obligado certificado de calidad.

Todo lo anterior en estricta relación con las prescripciones del marketing publicitario más vanguardista. De este modo, contenido y continente resulta una oferta casi imposible de rechazar para el consumidor desprevenido que es tentado a la degustación durante cualquier época del año de los manjares más exquisitos. Todo en el contexto de una gran superficie donde ir de compras es un agradable y despreocupado paseo, contexto propicio para que el consumidor aparte su racionalidad al menos unos minutos y consuma sin complejos, sin conciencia y sin ningún obstáculo que lo prive de este sencillo acto que constituye el último eslabón irresponsable de la silenciada barbarie contemporánea. En unos pocos minutos ese carro de la compra –emblema, pabellón, bandera o signo del expolio así como la obesidad endémica de niños y adultos en el hemisferio norte, tan endémica como lo es el hambre en el resto del globo- se llenará con lo superfluo y lo indecente.

Y todo… ¡Vaya sorpresa final! Todo por un módico precio, o mejor, todo por un irrisorio precio. Lo que aturde la atención en segundo lugar –digo aturde por no emplear “avergüenza”- es el precio final por el que se ofrecen los productos anteriores. Dado que si consideramos que todos estos productos han sido elaborados, envasados y transportado desde el confín del mundo hasta las mesas mejor servidas de cualquier metrópolis europea aun para un lego la conclusión necesaria, casi obvia, es que el coste de todos estos es la gratuidad o al menos el coste debe necesariamente limitar con la gratuidad, en caso contrario resultaría imposible ofertarlos –casi regalarlos- mediante un precio que ni siquiera en la economía individual más depauperada de un europeo actual es percibido ni siquiera como un pequeño gasto. Quizá cuando los consumidores paguen el precio justo que el expolio globalizado les suministra, dejen de arribar inmigrantes al continente… O quizá no.

 

III. Fanon, los inmigrantes y los gusanos

Fanon se refería en su primer libro “Piel negra máscaras blancas” a los universitarios de color que iban a educarse a las universidades europeas y que se blanqueaban en su autopercepción y también en la de sus compatriotas cuando volvían a sus patrias. Mientras que hoy la gente de color ya no procede de la soleada Martinica, ya no se forman en las universidades galas, ni siquiera se les reserva el desdén.  Los que logran atravesar la frontera sur y no morir ahogados en el intento –ya que más pronto que tarde el histórico Mare Nostrum romano cambiará su color ambarino por rojo sangre dado que las víctimas que su insaciable voracidad se cobra junto con la insania inhumana continental cuyos gobiernos siguen sin querer enterarse del drama-; los que llegan carecen de destino. Su trayectoria se paraliza sin retorno posible ni afincamiento definitivo. Su lugar es el no lugar. Un tránsito demasiado prolongado, una errancia artificial e impuesta, una condena a deambular por las ciudades ante las miradas displicentes que no quieren ni desean verlos.

Todavía no se ha escrito la ontología de un ser condenado al infraser por aquellos que aun así claman por sus deportaciones masivas. Su llegada inconveniente, su molestia constante a los viandantes que degustan su aperitivo los domingos en las grandes capitales, está en la base del sarampión de partidos ultraderechistas en todos los países de la Unión Europea. Algunos lo llaman, no sin cinismo hiperbólico, “corregir nuestro paisaje”.

Cada vez que la fatalidad se ceba en los pobres y se cobra nuevas víctimas en el Mediterráneo, sobrevienen los comentarios, las peroratas cursis –teñidas de un falso humanismo- de los ventrílocuos de turno. Se expresan habitualmente en las declaraciones de intención y  en  el mea culpa tan falaz y cínico. Sobrevienen, prestos a ensayar el oficio del histrión, los líderes europeos. Posan en todo caso para la foto matutina como si la simulación de su preocupación sobre el asunto fuera el punto de partida y de llegada del problema, como si se convirtiera en la génesis del comentario obligado, reemplazando el interés público por el auténtico drama. Esos burócratas insensibles, como ya es su costumbre,  descerrajan sermones sobre la tragedia de los refugiados e inmigrantes.

En contraposición,  Fanon, también escribió contra su locuacidad vacía, contra su falso humanismo y su hipocresía ¿Que Fanon no es actual? Su diagnóstico del complejo del colonizado no ha previsto su desarrollo hiperbólico en términos de irracionalidad, de Auschwitz mediterráneo cotidiano a las puertas de la indiferencia proverbial europea. Aunque sí señalo con justeza sus causas históricas. Mientras la lengua del poder, la lengua del colonizador, que había embrujado hasta la patología del autodesprecio en la obra Mayotte Capècia analizada por Fanon, enuncia una postrera crueldad. Al omitir, al no verbalizar ya sus nombres, siquiera los gentilicios de los ahogados. No eran senegaleses, ni mauritanos, ni congoleños, solo “inmigrantes subsaharianos” como si el Sahara fuese la última frontera que recategoriza a las víctimas hasta su segunda aniquilación nominativa por el auténtico páramo de la hipertrofiada sensibilidad humana de los redactores que “cuentan” en su narración, más que lo ocurrido, la postrera expoliación que su lengua normaliza en los cadáveres innominados.

Mientras oportunamente fingen los líderes europeos gesto adusto y compunción como si les importara la muerte, cuando es su principal negocio, su principal activo. Lobistas por oficio y beneficio. Muertes de sus compatriotas o de extranjeros para que las cuentas de su balance inmisericorde cuadren con inhumana exactitud y prosigan otorgando réditos y disponibilidad de efectivo; para engorde de las falacias macroeconómicas aun a costa de convertir el mundo en un inmundo cementerio en donde los pocos vivos son esclavos descerebrados que festejan el pisoteo mundial de sus derechos y de sus libertades.

Diagnosticaría Fanon: ya no se necesita opio en tanto hay ignorancia por doquier. Puesto que, bajo égida imperial, aquellos líderes son quienes imponen, en virtud de geopolítica siniestra, la inhumanidad económica, urbi et orbi, con dosificación de medios según circunstancia. La ambición suele ser veloz y ubicua y no se amilana por la distancia. Suelen, abusando del eufemismo cínico, denominarla "globalización", para tranquilidad del diccionario y  de las conciencias.

Frente a la histeria colectiva racista en relación con refugiados e inmigrantes en contraposición, en las periferias, los Macri, los Duque, los Bolsonaro, suspiran por el establecimiento en sus países de “estas usinas de desarrollo” que son las multinacionales geno y ecocidas. Por consiguiente, nunca se ha escuchado a nadie en la periferia neocolonial tan enfáticamente pedir “papeles” para las grandes empresas -las multinacionales para las que gobiernan-. Para ellas se disuelven las fronteras y se cambia la ley de ser necesario. Se maquillan sus acciones de degradación natural y humana en términos eufemísticos de progreso económico y prontamente se les tiende una alfombra roja -irónico presagio- allí donde su apetito pantagruélico escoja para iniciar su oprobioso festín.

Está en su organismo parásito y carroñero la necrófaga volición de alimentarse de la descomposición de sociedades y entornos físicos, por lo que actúan como neocolonizadores, herederos de aquel Leopoldo II de Bélgica quien anticipándose a los nazis convirtió el Congo, su propiedad personal, en el infierno sobre la tierra –denunciado en su tiempo por Casement, Conan Doyle y otros- o ese otro voraz tiburón de Cecil Rodhes quien soñaba la instauración atroz del "conspicuo" pillaje británico de norte a sur de África, disfrazado de cruzada civilizatoria. Herederos de genocidas que igual que en el pasado cifran su imperio vil en la ruina económica y espiritual de pueblos enteros.

¿Es necesario recordar otra vez que el capitalismo de cuño europeo se echa a andar gracias al saqueo de la riqueza americana? ¿Es necesario recordar que en cuyo holocausto minero –verbigracia: Potosí- murieron millones de aborígenes, entre ellos mujeres y niños, hecho que provocó la introducción de "cuerpos" africanos para suplir a los fallecidos? Por otra parte, ¿es pertinente recordar aún que el expolio ejercido por la corona española -perfeccionado por la atroz dinastía borbónica- benefició durante el proceso de la colonización y más allá a la banca alemana, particularmente a los Fugger?

Vampírica corona española la que con voracidad borbónica legitimaba su expolio mediante la represión de cualquier disidencia como, en 1790, la desmembración de Túpac Amaru en el Perú. Proceso explicado en ese prodigio de la erudición histórica que es La rebelión de Túpac Amaru y los orígenes de la emancipación americana de B. Lewin, autor polaco nada sospechoso de cimentar leyendas negras. Episodios de la "gesta" castellana en América que los programas de historia de bachillerato en España prefieren olvidar mientras la opinión pública mundial debe escuchar cautiva y atónita, lecciones de virtud cívica de estos títeres infames quienes en una audaz pirueta discursiva se erigen en detentadores mundiales del "copyright" de "la democracia", "la cultura", "el progreso" y demás subterfugios verbales cuya mera enunciación constituye ya una afrenta al más elemental sentido común de cualquier ciudadano.

En este contexto la clarividencia fanoniana no solo es terapéutica, sino revolucionaria.  Hace que entendamos de una buena vez que la continuidad histórica europea se asienta en nuestra mendicidad, nuestra endémica miseria irreductible y profundizándose. Frente a lo anterior, afirmamos con Fanon que existe más dignidad humana en la sordidez de un minuto de todas y cada una de las vidas de los inmigrantes que estos días pugnan por ingresar en la decrépita Europa que en toda una vida de estos obesos vermes moradores de Elíseos y Moncloas. Los que se disponen, en movimiento paradójico, a paliar las consecuencias de los horrores cuya indiferencia proverbial es causa.

Edgar Allan Poe, como Fanon,  fue  un racionalista de lo siniestro que  muere solo en 1849 en una crisis delirante en Baltimore -una y otra vez son los artistas y los pensadores quienes devuelven a la palabra “humanidad” la plenitud de su significado-. Escribió aquella alegoría medievalizante inspirada en la novela gótica de H. Walpole The Masque of the Red Death, traducida espléndidamente como todos sus cuentos por Julio Cortázar. Esta narraba la quimera suicida del príncipe Próspero quien ante los estragos de la epidemia se guarece intramuros de su castillo para evitar que la enfermedad lo alcanzara. Huelga apuntar que la ingenuidad del príncipe y su corte se resuelven inexorablemente en un desenlace fatal.

Europa hoy es el castillo de Próspero en su huida imposible hacia la nada. Acicatea la muerte que asedia con la vehemencia del hambre y la desesperación sus patéticas almenas que, como en la parábola de Poe, no tardarán demasiado en derrumbarse como cae decrépito un orden político y económico ahíto de podredumbre. Poco importa ya si desde dentro o desde fuera. Importa más trabajar en la construcción de una nueva descolonización y Fanon nos vuelve a convocar para esa tarea, porque nosotros respondiendo a la pregunta inicial, nosotros somos su legado.

 

Referencias

Fanon, Frantz. 1965. Los condenados de la tierra. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Fanon, Frantz. 2009. Piel negra, máscaras blancas. Madrid: Akal.

 

*Profesor de literatura latinoamericana. Periodista. Investigador orientación: análisis decolonial de textos literarios. Ponente en diversos congresos de universidades americanas y europeas: Universidad de Vigo, Universidad de Salamanca, Universidad de La Sapienza, Universidad de York, Universidad del Salvador, Centro de la Memoria Haroldo Conti (Buenos Aires).

 


Cite este trabajo:

Limeres Novoa, Fernando.  2019. Fanon y nosotros. Blog nuestrAmérica, 14 de mayo, sección Columnas. Acceso [día de mes de año]. http://blog.revistanuestramerica.cl/ojs/index.php/blognuestramerica/article/view/36


 

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ISSN: 2452-4905

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