Número 32, Viernes 17 de mayo de 2019. Sección Columnas

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Las derechas contemporáneas en la posglobalización

por Fabián Bustamante Olguín*

En el actual contexto de posglobalización algunas categorías que se utilizaban para el análisis sociológico se han repensado como consecuencia del nuevo escenario global. Una de esas categorías esenciales de la vida política de la sociedad moderna ha sido el clivaje izquierda-derecha, utilizadas como herramienta o artefacto cultural donde el público ordena, simplifica y significa la política dentro de un Estado-nación. Este clivaje clásico de las identidades políticas de izquierda y derecha ha sido un mecanismo útil para reducir la complejidad del mundo real, un instrumento evaluativo y cognitivo, generalizador y flexible (Medina 2015, 4).

Sin embargo con el desarrollo de la globalización, el gran eje separador de la política occidental en los últimos cien años se ha visto en ocasiones superado por nuevas ofertas electorales en el cual el binomio izquierda-derecha ya no parece tener la relevancia de antaño (Giddens 1996). Ello ha permitido sostener que la política en un horizonte posheroico, en el que hay más acuerdo y menos alternativas de lo que parece (Munkler 2005; Innerarity 2008). Algunos autores plantearon que la estabilidad del sistema capitalista –en el marco del Estado de Bienestar- se debía a la “muerte de las ideologías” (Lipset 1968; Bell [1960] 2015), como producto de la convergencia entre las posturas políticas reduciendo el conflicto social, cuestión que finalmente tuvo su eclosión en el “fin de la historia” (Fukuyama 1992) –Digamos  que el “fin de las ideologías” apuntaba al fin de la lucha de clases-.

Sin perjuicio de lo anterior consideramos que tales distinciones aún poseen relevancia dentro del mundo globalizado, más aún cuando se ha entrado en un nuevo escenario denominado posglobalización, que se caracteriza por una nueva etapa en un escenario geopolítico más incierto, como resultado de una crisis de la globalización, con el surgimiento de nuevos actores no hegemónicos capaces de generar agencia como la extrema derecha populista. Lo que también ha tenido efectos importantes en la conformación de nuevos ejes o clivajes marcados por las posiciones frente a la globalización (Sanahuja 2017, 44-71).

Al respecto, cabe señalar que la paulatina aparición y ascenso de nuevos actores políticos frente al establishment, con un mayor potencial disruptivo expresado en corrientes políticas de extrema derecha populista (por ejemplo en Francia con Marine Le Pen y en los Estados Unidos con Donald Trump) permite volver a repensar esta categoría, en razón de que existe un rechazo a las fronteras globales, con un discurso que enfatiza (por ejemplo el lema de la campaña de Trump, Haz a América grande otra vez) a un refuerzo del Estado- nación, al cierre de fronteras, a la limitación de entrada de personas a los países desarrollados, etcétera. En definitiva, la extrema derecha constituiría una reacción particularista (Pelfini 2017, 59) con una política basada en el resentimiento (Morris 2009). Tal derecha estaría a contrapelo de aquella otra (centro) derecha favorable a la globalización, del establishment, de la democracia liberal, del sistema de libre mercado, reducción del papel del gobierno y el antiestatalismo.

En este ensayo se pretende analizar en qué medida la categoría de derecha es pertinente o sí ha sido reconfigurada por las condiciones actuales de la posglobalización.

Desde ya cabe destacar que la derecha es un espectro político bastante amplio y heterogéneo (por ello que es preciso denominarla en plural), puesto que no todas las derechas tienen la misma postura respecto –por ejemplo- a la globalización. Por lo que dentro de ella conviven diversidad de corrientes que muchas veces se tensionan entre sí. Cada país, contexto-histórico y actor político social tiene su propia derecha (Fuentes 2003, 36). Agréguese además que la categoría derecha en el mundo occidental no se puede entender sin su opuesto que es la categoría de izquierda (Bobbio 2001, 63).

Digamos, entre paréntesis, que el concepto de derecha, en términos generales, (como también el de izquierda) surgió como concepto para el campo político en la Francia revolucionaria del siglo XVIII. En los Estados Generales de 1789, en efecto, se sentaron a la derecha del rey las fuerzas políticas defensoras del ancien régime feudal, es decir, aquellas personificadas en la nobleza, mientras que a la izquierda estaba el denominado tercer estado. En política, por cierto, la derecha ha estado históricamente asociada al conservadurismo, que quiere decir a la mantención del statu quo (Rodríguez 2004,13).

Dicho esto se dividirá este ensayo en dos partes: en primer lugar, señalaremos cuales son las tensiones que se le presentan a la teoría sociológica, de acuerdo al contexto de globalización, y en segundo lugar se analiza el concepto de derecha dentro del contexto posglobalización.

 

I

Las categorías sociológicas centrales que se utilizaban en la tradición occidental y la sociología a partir XIX en adelante estaban basadas en los conceptos de autonomía, diferenciación y dominación, incluso la filosofía moral de occidente estaba basada en esos conceptos (McIntyre 2001). Sin embargo la transición de la modernidad simple hacia la coexistencia de distintas modernidades -modernidad plural- donde marca del fin de la proyección hacia delante de la humanidad que viene complementada por el autocontrol y la autoexploración (Pelfini 2013,16-17), en el sentido de que los seres humanos son vulnerables, necesitan de los otros y requieren de cuidado.

Agréguese, además, no solo los seres humanos están interconectados sino también los sistemas sociales están interconectadas en este contexto de globalización, que es entendida como un proceso autónomo producto de decisiones y acciones de actores identificables (Pelfini 2018).

Esta globalización –que adoptó forma desde la década de los ochenta del siglo XX (Sanahuja 2017, 44)-, en efecto, es ante todo un escenario, es decir, un ámbito de representación más amplio –a su vez neutral- de los antiguos escenarios que se conocían (local, nacional, regional, internacional y transnacional), cuya semántica fundamental es el cosmopolitismo. En ese sentido “la globalización agudiza la visibilidad, comunicabilidad de las desigualdades, diferencias y exclusiones, pero también la calidad de las interacciones deslocalizadas, es decir, fuera del espacio inmediato de actuación (Pelfini 2010)”.

Con la crisis económica mundial del 2008 ha concluido una etapa de la globalización (Pelfini 2010), entrando a otra nueva –ya lo decíamos- denominada postglobalización (Sanahuja 2017), en los cuales se tensionan tres mitos ideológicos fundamentales de la globalización, que se podrían resumir así: 1) El carácter lineal y monolítico que se le atribuye a la globalización como un proceso que apenas reconoce quiebres, etapas y ritmos diferenciados; 2) la reducción de la globalización a su dimensión económica y particularmente financiera; 3) la identificación de globalización con el neoliberalismo y el llamado Consenso de Washington (Pelfini 2010).

Cabe señalar, por su parte, que lo global está asociado a una serie de fenómenos que podrían resumir de la siguiente manera: 1) el mundo se vuelve un “horizonte total”, el cual emerge el globo como “horizonte significación” (Pelfini 2010); 2) el aumento de la interdependencia, entendida como una diferenciación de funciones, con el aumento de los intercambios en general; 3) complejidad, entendida como el resultado de la superposición de escenarios que aumentan los riesgos, y que estos se llevan a nivel global; 4) La importancia de la semiperiferia, entendida como la desaparición del antiguo dualismo del siglo XX centro-periferia, por el reemplazo de centros intermedios (semiperiféricos). Como concepto teórico, la semiperiferia categoriza la transición del sistema de formaciones sociales (economía internacional) al sistema global (economía transnacional). Esto pone en entredicho el concepto de “heterogeneidad estructural”. Es una condición de posibilidad, no un problema, para tener un camino alternativo (siguiendo la línea de Karl Mannheim, “la no contemporaneidad de los contemporáneos”, es decir, contemporaneidades distintas en un mismo territorio, diferentes entre grupos sociales que viven planos distintos de la realidad) (Pelfini 2018).

Teniendo a la vista estas caracterizaciones de los fenómenos asociados a lo global, se podría agregar adicionalmente que quienes se han visto beneficiados son aquellos grupos sociales que poseen capacidades cognitivas y formativas, la movilidad geográfica y la flexibilidad profesional necesarias para aprovechar las oportunidades económicas y sociales que les ofrecían las sociedades opulentas (Ignazi 2003, 218, citado en Morris 2009). En ese sentido la flexibilidad laboral, en este caso, es una condición indispensable para adaptarse a un nuevo proyecto, producto de los cambios constantes de un mercado hiperdinámico (Boltanski y Chiapello 2002).

 

II

El clivaje izquierda-derecha fue el principio de inteligibilidad y de análisis de la vida política, diferenciándose el uno con el otro en la posición frente a la igualdad (Bobbio 2001), es decir, mientras la izquierda apostaba a una mayor igualdad social, la derecha defendía la libertad en desmedro de la igualdad. En la perspectiva clásica de Bobbio (2001), ambas categorías son relativas, abiertas e implicadas mutuamente, puesto que todo dependerá de quién los ubique así, de su discurso y su posición en la sociedad y en el contexto histórico en el que interactúan; porque aluden a espacios políticos que no son estáticos, se ensamblan y reensamblan continuamente y porque las posiciones de izquierda de los sujetos políticos lo son respecto a las posiciones de derecha (Bobbio 2001). Todo ello, en definitiva, podría resumirse en que estos conceptos no son ni absolutos, ni substantivos, ni ontológicos.

Por otro lado, este eje izquierda-derecha durante el siglo XIX y XX terminó por conectar a la clase trabajadora con la izquierda, por un lado, y a las clases medias y altas con los partidos de derecha, por otro lado. Sin embargo esta típica conexión sintetizada en términos capital- trabajo se estaría debilitando en este nuevo escenario globalizado.

La globalización ha hecho emerger un nuevo clivaje o eje que sería, por un lado, los cosmopolitas, y por otro, nacionalistas, entre “abierto” o “cerrado”, que reinterpretan esos conflictos redistributivos, en términos de ganadores o perdedores de la globalización, y los complejiza al introducir elementos de seguridad e identidad (Sanahuja 2017, 71). Ello evidentemente permite señalar que el clivaje/eje izquierda y derecha ya no posee la capacidad explicativa como lo tenía en el siglo XX, en razón de que se superpone –como ya lo decíamos más arriba- la distinción entre cosmopolitas y nacionalistas.

Siguiendo lo propuesto por Sanahuja, los elementos de seguridad e identidad resultan claves para comprender que este nuevo eje traspasa todos los campos ideológicos actuales. En ese sentido, presenta cuatro grandes matrices políticas que están definiendo el escenario de la política y el conflicto social. Aunque hay que subrayar que estas matrices no se dan en estado puro, sino que pueden combinarse.

  1. Los globalistas de derecha, favorables a la democracia liberal, de la economía de mercado y de la empresa privada. Pertenecerían al establishment, partidarios del statu quo de la globalización. Tal matriz agrupa a la mayor parte de la centro derecha, así como los sectores más conservadores de la socialdemocracia. Además se aglutinan en torno al Foro Económico Mundial de Davos.
  2. Los progresistas cosmopolitas, que incluyen a sectores de izquierda que pretenden regularizar la globalización a través de reglas globales o regionales que protejan los derechos humanos, labores y sociales y el medio ambiente. Se aglutinan en torno a sectores de la socialdemocracia, otras fuerzas de izquierda, ONG como OXFAM o movimientos como Welcome Refugees.
  3. Los soberanistas y desglobalizadores de izquierdas, que son contrarias a la globalización, al libre comercio y a la actuación de las grandes multinacionales. Aquí se pueden considerar a Syriza en Grecia o movimientos bolivarianos en América Latina.
  4. Los soberanistas y nacionalistas, contrarios a la liberalización de la economía y, en ciertas ocasiones, a la gran empresa y a las multinacionales,  tradicionalistas en materia de religión, prácticas sociales, género, antiinmigración y xenófobos. Se considera a la extrema derecha europea (Frente Nacional en Francia, Amanecer Dorado en Grecia o Alternativa para Alemania - AfD-) y el nacionalismo de Vladimir Putin o Erdogan en Turquía.

Se podría decir que dentro de las matrices propuestas por Sanahuja, las dos primeras estarían más bien favorables a la interdependencia, en tanto que poseen una actitud más favorable hacia la globalización, mientras tanto que los dos últimos estarían más bien hacia una actitud de “independencia” o en contra de globalización. Para el caso de la derecha latinoamericana se encasillaría en la vertiente de la derecha globalistas, partidarios de la economía global, del establishment, que están en contra de la intervención del Estado, mientras que la extrema derecha populista norteamericana o europea se incluirían en los soberanistas y nacionalistas, que rechazan de plano la economía global y las élites locales. Lo anterior –digamos, entre paréntesis- no excluye que aparezcan nuevas expresiones de “derecha soberanista/nacionalista” –por ejemplo en Chile- en la candidatura de José Antonio Kast, quien obtuvo en la última elección el 8% de los votos –consultado en la web del Servicio Electoral-.

Sobre este último punto es interesante que la derecha –ya sea en su vertiente globalista o nacionalista- tenga un rasgo que dificulte un poco su análisis: es que el término de derecha en muchos países tiene una carga axiológica negativa, por eso que muchos de sus actores no se identifican con esa categoría, a diferencia de la izquierda. De hecho, hemos visto que las categorizaciones propuestas por Sanahuja o el discurso de los mismos líderes o personalidades tanto de derecha como de extrema derecha se identifican como “demócratas” o “patriotas”, sin aludir nunca que profetizan la ideología de derecha. Incluso más: la alusión a la “muerte de las ideologías” o que las distinciones entre “izquierda y derecha” no existían más, es algo muy característico de la derecha (Borja 2012). Agréguese además que existe una disputa semántica en ciertos personeros de la derecha por identificarse con posiciones de centro –como centroderecha- para captar votos de otros sectores sociales.

De otro lado, digamos que la matriz nacionalista es una de las fuerzas políticas más dinámicas, en términos de agencia, y es por esa razón su notable ascenso (Sanahuja 2017, 72) En ese sentido el surgimiento de la extrema derecha, por ejemplo, estaría dentro de una lógica particularista, revalorizando o anhelando una vuelta al Estado-nación, intentado separarse de la interdependencia que existe actualmente. En cierto modo la irrupción de la extrema derecha sería una ilusión. Desde ya enfatizar en la persistencia del Estado-nación y una vuelta a la tónica realista de las relaciones internacionales no hacen sino reforzar las formas de intercambio y de interdependencia. En palabras de Pelfini, “nada parece detener ya a la digitalización, el avance de lenguas globales, la circulación y la hibridación de símbolos y mensajes” (Pelfini 2010).

De igual forma los discursos de la derecha soberanista/nacionalista buscan reintegrar la política y lo político, las emociones y las pasiones para construir nuevos escenarios distintos al establishment (Pelfini 2017, 59). Su ascenso está caracterizado porque prometen no sólo una política diferente, sino una vida diferente. Por eso que sus discursos promueven la movilización social centrada en la identidad y seguridad, encontrando en la crisis social y el rechazo al establishment un terreno fértil (Sanahuja 2017). El miedo es una emoción que se hace presente y está en la base de las reacciones defensivas en cuanto al fortalecimiento del espacio propio (Pelfini 2017, 61). Ello como resultado de la excesiva individualización en la “modernidad reflexiva” donde el extraño y lo extraño se ven atrapados en los horizontes de sus propias vidas, creando un peligro siempre acechante, cuestión que favorece a la politización de la cuestión de la seguridad y el impulso a tendencias de derecha soberanista/nacionalista (Beck 2007, 59)

En ese sentido, desde el punto de vista sociológico, los perdedores de la globalización son el objetivo electoral del discurso del populismo de derecha, entre los que se encuentran: la clase media, por un lado, (fundamentalmente comerciantes, pequeños empresarios y trabajadores autónomos) y, por otro lado, la clase popular (trabajadores no calificados, trabajadores de cuello blanco de bajo nivel y desempleados (Evans, 2005). En general se trata de exvotantes de formaciones políticas conservadoras que se han radicalizado hacia la derecha por temas concernientes a la inmigración, la inseguridad y los temas identitarios (Antón-Mellón y Hernández 2016, 25). También se ha visto en algunos países como Alemania o Francia la incorporación de organizaciones LGBTI como consecuencia de la islamofobia reinante en algunos sectores de Europa (Lestrade 2012).

Con respecto a este punto, es interesante destacar que la vinculación entre la  derecha soberanista/nacionalista y homosexualismo quiebra la relación axiológica entre derecha y conservadurismo, tal como se entendía en el siglo XX. Lo que refleja la complejidad del actual contexto global, que permite ver que estas categorías no sea una cómoda simplificación de lo que tradicionalmente significamos como derecha.

Otro elemento a destacar es que tradicionalmente la derecha siempre ha sido pragmática en relación a la extrema derecha (Rodríguez 2004, 22). En ese sentido podríamos decir que la derecha globalista –en este contexto de posglobalización- no suele interesarse mucho en la ideología. Ello en tanto que los globalistas de derecha se adecuan a los cambios para hacerlos conservar el statu quo de la globalización. En la posglobalización los globalistas de derecha no pierden su poder, se mantiene, a pesar del rápido ascenso de la derecha soberanista en el que la ideología y los principios son algo relevante (Rodríguez 2004, 22), al punto que se han convertido –como lo hemos destacado siguiendo a Sanahuja- en el agente más dinámico en tiempos de posglobalización.

Agréguese a lo anterior que la derecha soberanista/nacionalista se presentan como “héroes” pretendiendo regresar a categorías predominantes del siglo XX como el sacrificio, el honor o la personalidad salvífica, en un contexto de desencanto hacia la política. Aquí lo político emerge como un ámbito y actividad capaz de construir y significar nuevos horizontes (Pelfini 2017, 60). De alguna manera estos liderazgos de extrema derecha que rechazan la globalización hay un deseo de convertirse en héroes en sociedades posheroicas (sobre todo en las sociedades avanzadas). Así el poder individual –por ejemplo en el caso de Trump- pretende abrir un camino fecundo para solucionar problemas que afectan a su estado-nación (Estados Unidos).

Lo cierto es que la sociedad posheroica –en los términos del politólogo Herfried Munkler referidos para la guerra- se define como una sociedad con baja tolerancia a las bajas militares y cargas económicas en el marco de las actuales y nuevas guerras asimétricas. Desde ya tales guerras tienen como característica una corta duración pero intensas (Munkler 2005). Cuanto más tiempo dura una guerra, mayor será la probabilidad de que una sociedad "post-heroica" retire a sus tropas (Walzer 2010). En cierto modo la sociedad posheroica tiene como particularidad el “no sacrificio” a un propósito mayor (que podría estar dado en la patria, por ejemplo), puesto que tienen como valor supremo la vida humana (Munkler 2005, 173).

Cabe señalar, sin embargo, que una “sociedad posheroica” –en el sentido de Münkler- tiene una limitante: refiere a algo estático en momentos de mucho flujo global y de distintas trayectorias a la modernidad, cuestión que nos podría decir que lo posheroico se vincula más bien un pathos, un estado de ánimo momentáneo, en un mundo en constante restructuración.

Evidentemente que tal categorización propuesta por el politólogo alemán Herfried Munkler no tendría mucha relevancia en la modernidad latinoamericana, pues el autor lo refiere a sociedades con trayectorias a la modernidad distintas (en este caso europea). Además una solución individualista –la del héroe salvífico- sería un autoengaño, la salvación no podría ser concebida en términos de la salvación de uno mismo dentro del Estado-nación, sino que se trataría de una salvación de todos. Los discursos de la extrema derecha populista constituirían un desconocimiento a la interdependencia, interconectividad, la multicausalidad y la complejidad de las crisis y riesgos de la globalización (Pelfini 2017, 62).

Digamos ahora, por otro lado, que en el actual contexto globalización, los mercados han imposibilitado a los gobiernos a asumir decisiones sobre este ámbito, en particular a los gobiernos progresistas cosmopolitas, que no pueden llevar a cabo políticas de redistribución –o sí lo hacen dentro de los marcos del sistema de economía de mercado-, se convierten en conservadores, en tanto que la derecha asume una posición más bien progresista, en tanto partidaria de una radicalización del mercado.

El repensar las categorías de análisis del clivaje izquierda-derecha en el actual contexto de globalización implicaría redefinir aquella relación axiomática que refiere a la derecha como sinónimo de conservadurismo e izquierda como progresismo. De hecho estos conceptos sólo se podrían aplicar a contextos históricos concretos y específicos. Por lo mismo en distintos períodos históricos la derecha estuvo identificada –más con el discurso que en realidad- con la pluralidad en la década del sesenta del siglo XX, mientras que ahora se identifica con el pensamiento único y una visión unilateral del mundo (Rodríguez 2004). En este sentido se podría decir que la categoría de derecha presentaría otra característica importante: no designa contenidos de una vez para siempre. Lo que, en consecuencia, permite decir que esta categoría puede identificarse tanto con el conservadurismo como el progresismo. Muchas de las posiciones políticas que ahora consideramos de derecha fueron de izquierda en otro momento. Tal es el ejemplo del liberalismo -ideología de la burguesía- y su lucha contra el absolutismo que, en su momento, fue también considerado progresista, de izquierda, por comparación con quienes veían en él un peligro para las tradiciones, los prejuicios y las formas de vida que defendían la Iglesia católica y la mayor parte de la nobleza y los terratenientes, es decir quienes gozaban de privilegios a costa de la sumisión, la pobreza y la ignorancia de los demás (Rodríguez 2004,13). O en el caso de la izquierda, una posición progresista con los bolcheviques durante la Revolución de Octubre de 1917, pero que luego terminó por asumir posiciones conservadoras con la consolidación de la Unión Soviética.

Cabe señalar, por último, que la dificultad de definir el término derecha tiene que ver a que no solo refiere a una ideología concreta, sino que presenta múltiples combinaciones ideológicas distintas y a veces contradictorias entre sí. Como sostiene Claudio Fuentes, la derecha constituye una postura de vida, una forma de ver el mundo, un modo de pensar y de construir relaciones con los demás, que va fluyendo y cambiando en el transcurso de la historia de la humanidad (Fuentes 2003, 37).

 

III

En conclusión, hemos visto que en el contexto de la globalización se hace necesario también repensar algunas categorías provenientes de la modernidad simple, como el concepto de derecha, que presenta una nueva posibilidad de análisis a partir de los cambios acontecidos en la sociedad global. Es cierto que el concepto de derecha se ha recomplejizado, puesto que ya no tiene la misma capacidad explicativa que en el siglo XX, todavía pervive en la sociedad global, como simplificador de la complejidad que posee la política, puesto que tampoco existen otros ejes alternativos.

La globalización, en efecto, es un proceso en curso caracterizado por su complejidad, por lo mismo también generador de conflictos y nuevas fronteras (Beck 2007). En ese sentido, hemos señalado en páginas anteriores que el actor dinámico de la posglobalización –la derecha soberanista/nacionalista- intenta reaccionar contra este término de una fase de la globalización, aunque sin mucho éxito, puesto que el flujo de mercancías, símbolos, personas, etcétera, es un proceso que al parecer no tendrá vuelta atrás, por lo que las posturas soberanistas/nacionalistas no provocan un efecto de reforzamiento de este proceso.

Por último, cabe señalar que el elector o la masa electoral actual vota –hoy por hoy- por “personas” más que por guiarse entre si es de izquierdas o derechas, lo que evidentemente permite que estos ejes no tengan tanta fuerza como en el siglo XX.

 

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Internet

www.servelelecciones.cl

 

 

* Licenciado en Historia, Universidad Diego Portales. Magíster en Historia, mención Chile, Universidad de Santiago de Chile. Doctorando en Sociología, Universidad Alberto Hurtado. Profesor de ETHICS-Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, Universidad de Chile. Correo electrónico: fgbustamanteo@gmail.com.

 


Cite este trabajo:

Bustamante Olguín, Fabián.  2019. Las derechas contemporáneas en la posglobalización. Blog nuestrAmérica, 17 de mayo, sección Columnas. Acceso [día de mes de año]. http://blog.revistanuestramerica.cl/ojs/index.php/blognuestramerica/article/view/37


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