Número 46, Jueves 12 de septiembre de 2019. Sección Reseñas

Descargar en PDF


 

‘Colonialismo. Historias, formas, efectos’ de Osterhammel y Jansen

por Fernando Limeres Novoa*

 

Colonialismo. Historias, formas, efectos de Jürgen Osterhammel y Jan C. Jansen (2019), editado por Siglo XXI, constituye una síntesis de un fenómeno poliédrico. Atentos a esta heterogeneidad y desde una perspectiva histórica los autores descomponen su objeto de estudio para dar cuenta de su significación múltiple. Con este fin los nueve capítulos que conforman el libro postulan una definición de colonialismo y se abocan a examinar sus diversos aspectos, a saber: la vinculación con los imperios coloniales; la postulación de una efectiva periodización, las funciones de la conquista, las resistencias y el colaboracionismo, las características de los estados coloniales, las estructuras económicas del colonialismo, las sociedades coloniales y el pensamiento colonialista y la cultura colonial.

En primer lugar, uno de los fundamentos del estudio, declarado en la introducción, es la presencia del colonialismo en determinados países o mejor dicho la prolongación de las sombras más oscuras del anterior particularmente en la pervivencia del racismo y en su implementación como arma arrojadiza en la retórica de la controversia política. Sin embargo, las investigaciones del colonialismo son, en rigor, exiguas y parciales si se las compara con los estudios dedicados al imperialismo, pese a que “En algún momento entre 1500 y 1920, aproximadamente, la mayoría de los espacios y pueblos de la tierra quedaron bajo el control, al menos nominal de los reinos europeos: toda América, toda África, casi toda Oceanía y teniendo en cuenta también la colonización rusa de Siberia, la mayor parte del continente asiático” (Osterhammel y Jansen 2019, 10). De este modo, la densidad del fenómeno colonial contrasta con los escasos estudios consagrados a su elucidación.

Los autores constatan que la “colonización” como forma histórica de expansión humana constituye un fenómeno fundamental de la historia mundial. Sin embargo, “colonización” y “colonialismo” son dos categorías que pueden estar o no vinculadas de acuerdo con el periodo histórico abordado. En tanto que la “colonización” refiere para los investigadores a un “proceso de conquista y apropiación de tierras” (Ibídem, 11), “colonialismo” alude a “una relación de dominio o señorío” (Ídem). En tanto que la colonización se vincula con diversas clases de migraciones, el colonialismo no necesariamente es consecuencia de una expansión únicamente demográfica. En este aspecto, la clasificación de “formas de expansión en la historia” distingue seis tipos: 1) la migración total vinculada con la expansión militar, 2) la migración individual masiva relacionada con la “emigración” en un aspecto más amplio, 3)  la colonización fronteriza cuyo ejemplo es la colonización de Norte América desde su costa oriental completada gracias a la tecnología aplicada en el transporte con el ferrocarril, 4) Colonización de asentamiento en ultramar, que  constituye un tipo de colonización fronteriza cuyo primer ejemplo es el realizado por Grecia en la Antigüedad y anteriormente por los fenicios, y consiste en  constituir pequeños núcleos poblacionales del otro lado del mar –La colonización británica en América del Norte es otro ejemplo-; 5) Guerras de conquista que constituyó el modo romano de dominio de los pueblos enemigos y 6) Conexión a partir de un punto de apoyo, que supone la construcción de factorías con protección armada.

Los asentamientos del poder colonial británico en Calcuta, Bombay y Madrás son ejemplos del anterior. La tipología anterior opera como herramienta teórica para postular una definición de colonia: “Una colonia es una entidad política de nueva creación a partir de una situación precolonial, realizada mediante la invasión (conquista o colonización de asentamiento), cuyos gobernantes extranjeros mantienen una relación de dependencia duradera con una ‘madre patria’ o centro imperial alejado espacialmente, que reclama derechos de ‘propiedad’ exclusiva sobre la colonia”. (Ibídem, 20). La definición que enfatiza el vínculo entre metrópoli y colonia y su alejamiento espacial permite establecer tres tipos de colonias en la Era Moderna: a) Colonias de dominación, b) Colonias a partir de un punto de apoyo y 3) Colonias de asentamiento. Esta última con variantes.

Partiendo del análisis histórico de las clases de colonias, los investigadores establecen una definición de colonialismo, estableciendo que solo a partir de la Edad Moderna puede referirse al sentimiento etnocéntrico de superioridad cultural como un componente importante del mismo:

Las culturas tradicionales como la china partían de su propio patrón de ejemplaridad e insuperabilidad civiliatoria, pero sin pretender imponerla a sus vecinos. Solo en el colonialismo moderno tomó tal arrogancia etnocéntrica un cariz agresivo-expansionista, solo entonces quedaron los muchos sometidos al “yugo espiritual” de los “pocos”. Por eso las estructuras de dependencia colonialistas, quedan insuficientemente caracterizadas sin el “espíritu del colonialismo” que las alienta. Ese espíritu (o antiespíritu) sobrevivió en general a la realidad de la era colonial (Ibídem, 27).

De este modo, la definición de colonialismo es la siguiente:

El colonialismo es una relación de dominio entre colectivos, en la que las decisiones fundamentales de la forma de vida de los colonizados son tomadas y hechas cumplir por una minoría cultural diferente y poco dispuesta a la conciliación de amos coloniales que dan prioridad a sus intereses externos. Esto se vincula usualmente en los tiempos modernos con doctrinas justificativas ideológicas del tipo misionero, que se basan en la convicción de los amos coloniales de su propia superioridad cultural (Ibídem, 27).

Es una definición político-ideológica dado que incide en la naturaleza asimétrica del vínculo entre metrópolis y colonia por una parte y en el fundamento ideológico que determina tal vinculación. El prejuicio etnocéntrico solo sostenido por la minoría la que interpreta que esa “superioridad” la legitima para gobernar a los “inferiores”.  Sin embargo, stricto sensu la legitimidad del poder de los amos amparada en su superioridad evidencia que la inferioridad de los colonizados.  De este modo, desde la perspectiva ética, el amo colonial subalterniza doblemente al colonizado: en primer lugar desde su prejuicio y en segundo como consecuencia al privarlo de su libertad. En este aspecto, la definición reproduce esquemáticamente la teoría de la filosofía clásica de la naturaleza servil de los bárbaros. Por ejemplo, Aristóteles en su Política teoriza sobre “la natural predisposición” de los anteriores a la esclavitud.

Esta interpretación naturalista de la esclavitud grávida de etnocentrismo otorgó una prolongada legitimidad filosófica a la práctica esclavista: desde su punto de partida desde el marco enunciativo aristotélico hasta desbordar en los textos de Juan Ginés de Sepúlveda, como el “Demócrates alter” del siglo XVI que legitimaba la coacción contra los naturales americanos en discurso que conciliaba la doctrina aristotélica con el integrismo católico que considera al pagano del nuevo continente como un infraser pasible de ser esclavizado en función de su propia cristianización. De este modo, la definición reproduce este esquema cognitivo por lo que es enunciada desde la perspectiva de la praxis de la dominación colonial.  Si los autores intentasen definir el fenómeno desde la subjetividad del colonizado el enunciado de la definición sería diferente.

Quizá verbalizarían su dolor con las palabras que se lengua y cultura les prestasen para intentar explicar lo inconcebible de una racionalidad instrumental que ha producido un sistema irracional  que como tal representa la falla constitutiva de la modernidad occidental, según Grüner. En contraposición, desde la perspectiva del colonizado, Césaire (2006) define este modo el colonialismo y la colonización (términos que en su reflexión son sinónimos):

¿A dónde quiero llegar? A esta idea: que nadie coloniza inocentemente, que tampoco nadie coloniza impunemente; que  una nación que coloniza, que una civilización que justifica la colonización y, por lo tanto, la fuerza, ya es una civilización enferma, moralmente herida, que irresistiblemente, de consecuencia en consecuencia, de negación en negación, llama a su Hitler, quiero decir, su castigo.

Colonización: cabeza de puente, de la barbarie en una civilización, de la cual puede llegar en cualquier momento la pura y simple negación de la civilización (2006, 15).

Los autores definen imperios en términos espaciales mediante la dialéctica centro-periferia. Aunque establecen casos en los que ocurre un colonialismo sin colonias dentro de regiones de un mismo estado concebidas por el poder central como periféricas. Pero además, es operativa la distinción entre imperio “formal” e “informal”; como ejemplo de imperio informal los autores proponen la vinculación que mantuvo Estados Unidos con Cuba desde 1898 hasta 1959, “Se trataba pues de un área de explotación semisoberana bajo el dominio estadounidense, un caso clásico de imperio informal” (Osterhammel y Jansen 2019, 31). Un imperio informal entonces es aquel que practica una hegemonía imperial sobre un determinado territorio en la que este no constituye formalmente un enclave colonial, aunque su sociedad y estructuras si han sido colonizadas.

Por otra parte, ambos autores dados a la recurrente y oportuna distinción semántica, establecen la no equivalencia entre “imperialismo” y “colonialismo”:

Imperialismo y colonialismo no pueden ser lo mismo. Frente a la tendencia a restringir el “imperialismo” a una época comprendida entre 1880 y la Primera Guerra Mundial, en muchos sentidos es un concepto cargado con un significado más amplio; el “colonialismo” casi parece un caso especial. (…) Sin embargo, como el “imperialismo” implica la posibilidad de una percepción de los intereses a escala mundial y de una penetración “capitalista”, “informalmente” apoyada, en grandes áreas de actividad económica, la utilización del término para los primeros imperios coloniales modernos, que aún no contaban con ellas, es dudosa y solo cabría con la salvedad del “imperialismo español”. Solo Gran Bretaña y Estados Unidos han sido  en algún momento potencias imperialistas en el sentido plenamente desarrollado, aunque en el caso de Estados Unidos, se trata, por supuesto, de un caso de imperialismo sin imperio colonial (Ibídem 2019, 35).

Desde el punto de vista histórico, los autores arguyen que la historia colonial ha sido un proceso de construcción lenta, determinada por avances y retrocesos propios de cada periodo. Distinguen seis etapas cuyo punto de partida se establece entre 1520 y 1570 con la Construcción del sistema colonial español. Según los autores, en la conquista española de América prevalecen aún elementos vinculados a la concepción medieval, tanto en la conquista como en la posterior administración, imbuidos de la ideología consolidada durante los siglos de la lucha peninsular contra los musulmanes:

Las conquistas de México y Perú fueron realizadas en gran medida bajo el impulso caballeresco-feudal de la Reconquista, esto es, la lucha contra los moros españoles por lo que la construcción de una administración territorial colonial que al principio era esencialmente un instrumento estatal de domesticación al servicio de conquistadores y colonos, solo se podía basar en modelos medievales (Ibídem, 46).

Otro aspecto es en general, la violencia inherente a la instauración de las colonias. En este sentido los autores discriminan entre los grados de violencia de los conquistadores católicos y la de los puritanos:

Los crímenes de los conquistadores españoles en el Nuevo Mundo, que han permanecido grabados durante siglos en la conciencia histórica como “leyenda negra” a cargo de la de la propaganda antiespañola, no bastaban para ocultar que la forma estructuralmente más violeta de la expansión europea era la colonización por asentamiento del tipo ‘neoinglés’ (…) En general, la concepción española, era menos inhumana, al menos en teoría, que la británico-puritana (Ibídem 2019, 65).

El capítulo IX “Pensamiento colonialista y cultura colonial” es determinante como contexto de interpretación del colonialismo no solo como un fenómeno económico, político, militar o social; sino además como un fenómeno discursivo ideológico. De este modo una lectura atenta del anterior en relación con las otras dimensiones del colonialismo, permite observar que la praxis empírica se determina por la codificación de las diferencias de la alteridad siempre entendidas desde un punto de vista antropológico-cultural como interiores que constituyen el tópico que legitima su dominación. A nuestro juicio, el capítulo IX debería anteceder a los consagrados a la sociedad colonial, a su estructura económica, a la explicación de su funcionamiento administrativo entre otras; dado que los anteriores capítulos son en rigor configuraciones históricas de un discurso ideológico previo que las legitima y que en cierta forma brinda, respecto al trato con la alteridad, las coordenadas básicas de su funcionamiento.

De acuerdo con Osterhammel y Jansen (2019), las tres características que definen la estructura conceptual del discurso colonialista son los siguientes: 1) Contraimágenes antropológicas: la construcción de la “otredad” inferior, 2) Fe en el mensaje y deber de tutela y 3) Utopía de la negación de la política. Los anteriores complementados por el saber colonial sobre las culturas dominadas y por una serie de símbolos de la metrópoli destinados a incentivar la fidelidad de los colonizados.

Sus características definen la ideología colonial como un discurso desde el poder y para el poder –un discurso hegemónico que procura inventar “razones” para su afianzamiento-, mientras que las contraimágenes antropológicas, en relación intertextual con su precedente aristotélico, proclaman la constatación de que los otros son radicalmente distintos de los europeos, es decir, que no alcanzarán jamás su nivel de desarrollo y civilización. La diferencia entendida como “inmadurez” social o cultural habilita el papel tutelar de toda la estructura colonial. En esta dirección va el famoso panegírico de Kipling “La Carga del hombre blanco”. Otra de sus características se vincula con las anteriores dado que si las instituciones coloniales funcionan como instituciones tutelares, de sociedades dadas naturalmente a la anarquía y al salvajismo, va de suyo que cualquier reforma democrática en el funcionamiento de estas instituciones conllevaría necesariamente la disgregación de todo el orden colonial. Esto porque la naturaleza imberbe de los colonizados les veda cualquier intento de conformación de una heteronomía política al margen del colonialismo, debido a que no se concibe otra consecuencia para estos intentos que el caos más absoluto.

Finalmente, la obra de los investigadores alemanes conforma un fresco del colonialismo y los múltiples planos de su conformación histórica. Se piensa que falta una profundización de la tríada “modernidad, colonialismo y capitalismo” como fenómenos concomitantes, como ya lo han demostrado autores como Enrique Dussel, Boaventura dos Santos, Samir Amin o Immanuel Wallesrtein. No obstante, su lectura dada la actualidad del fenómeno no solo es recomendable, sino necesaria.

 


* Grado en literatura y cultura hispánicas. Universidad Nacional a Distancia, España. Director de Academia Aberta, Santiago de Compostela.

 

 


Cite este trabajo:

Limeres Novoa, Fernando.  2019. ‘Colonialismo. Historias, formas, efectos’ de Osterhammel y Jansen. Blog nuestrAmérica, 12 de septiembre, sección Reseñas. Acceso [día de mes de año]. http://blog.revistanuestramerica.cl/ojs/index.php/blognuestramerica/article/view/52


Enlaces refback

  • No hay ningún enlace refback.


Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.


ISSN: 2452-4905

Visitas a nuestro periódico desde el 28 de diciembre de 2018: